Lo bueno , lo malo y lo peor del cine de los setenta , ochenta y noventa.
Presentación
Amantes de mundos fantásticos, bisoños aventureros en busca de tesoros, criaturas de la noche, princesas estudiantiles y fanáticos de cachas de postín, ¡sed bienvenidos!. Invitados quedáis a rebuscar en nuestra colección de VHS, acomodar vuestras posaderas en una mullida butaca, darle al play, y disfrutar de lo bueno, lo malo y lo peor que dieron estas décadas.
ADVERTENCIA: Aquí no se escribe crítica cinematográfica (ni se pretende). Las reseñas son altamente subjetivas y el único objetivo es aprender y disfrutar del cine y, por supuesto, de vosotros.
El 13 de junio de 1989 se estrenó Licencia para matar (Licence to Kill, John Glen), la segunda y última película de la saga 007 protagonizada por Timothy Dalton, quien encarnó a un Bond mucho más violento y oscuro que el de sus predecesoras.
Retomamos la ya hace tiempo abandonada, sección Delorean, en la que os traemos aquellas joyas que no siendo de los ochenta , sí han tenido influencia o herencia en esa época y posteriores.
Es por eso que hoy desempolvo mi Walter PPK, me pongo el smoking, pido un Martini con Vodka, agitado, no mezclado y me sumerjo en la spoof Bond movie: Casino Royale
MI6:
Casino Royale nos presenta a un Bond retirado del servicio activo, tras un desengaño provocado por entregar a su amada Mata-Hari , pero el cuál es llamado a filas cuando la organización SMERSH conspira en la sombra para alterar el orden mundial, lo que ha obligado a las grandes potencias mundiales, a aunar esfuerzos, con el fin de traer de vuelta al mayor espía de todos los tiempos.
Mission failed:
La película toma el nombre de la novela de Ian Fleming...y se acabó, porque cualquier parecido con la novela es mera coincidencia, si exceptuamos la partida del casino entre Peter Sellers y Orson Welles y que tan brillantemente mostró Martin Campbell en 2006 .
¿Era la idea original , hacer una fiel adaptación de la novela? No, la verdad es que no y a todos los actores y actrices que firmaron por la película, se les hizo creer que sí, que iban a rodar una adaptación de la famosa novela de Ian Fleming.
De hecho, se contrataron directores por doquier (seis) y actores conocidos y futuras estrellas ( Jaqueline Bisset en su debut, David Prowse) para darle un aura de superproducción.
A cada director se le encomendaba unas escenas y unos actores y todo iría solapado con la idea de facilitar el montaje final en la mesa de edición:
Val Guest: rodaje con Woody Allen y adicionales con David Niven
Ken Hughes: Berlín
John Huston: Escenas iniciales en la casa de Bond y las escenas del castillo en Escocia
Joseph Mc Grath: Escenas con Sellers, Úrsula Andress y Orson Welles
Robert Parrish: Escenas con Sellers y Welles
Richard Talmadge: Todo el locurón final del Casino ( sin acreditar)
Pero pronto empezaron los problemas.
Para empezar Peter Sellers y Orson Welles no se tragaban y a pesar de ello fue Sellers quien recomendó a Welles para el papel de Le Chiffre . Era tal el odio mútuo, que sus escenas hubieron de ser rodadas en días diferentes para no coincidir en el set de rodaje y con dobles enfrente de ellos para afrontar las escenas.
No sólo eso, si no que Sellers fue una fuente de conflictos continuos durante todo el rodaje, ausentándose varios días sin explicación y llegando al extremo que hubo de ser despedido y la escena lisérgica con los gaiteros , tuvo que ser amoldada a su ausencia con una Úrsula Andress que andaba más perdida que una aguja en un pajar...
Como consecuencia de tantos retrasos , Woody Allen , también decidió abandonar el set de rodaje, puesto que no paraban de postergar sus escenas, las cuales al final hubieron de ser rodadas aparte en Londres. No contento con ello, decidió que a partir de entonces, él mismo rodaría sus películas y de hecho siempre ha renegado de su participación en esta película.
Como suma de todo ello , más los enormes decorados, el presupuesto pasó de seis a doce millones de libras, que si nos ponemos a comparar, es casi lo mismo que tenía Operación Trueno /1967 de presupuesto y ya circulaba el rumor de que podía ser una pequeña Cleopatra, que fue la causante de la bancarrota de la 20th Century Fox, pero...No, fue un éxito, debido a una estudiada campaña de marketing, en la destacaba sobremanera, los carteles que podéis ver al principio del artículo, con la mujer completamente tatuada.
The Mission:
La película intenta ir de graciosa pero se ven las costuras desde el inicio y los fallos de montaje.
De hecho en la primera escena se nos presenta a un Sellers como James Bond, cuando realmente no es hasta la mitad de la película cuando nos lo presentan como tal. Al Bond original, es decir a David Niven, le van a buscar las grandes potencias y al llegar a sus dominios vemos que está rodeado de tigres, que hace Yoga y toca el piano, toma té y lleva un turbante en la cabeza...claramente no es el Bond de las novelas.
Pero es que luego, viendo que las potencias no logran convencer a Bond , estos deciden forzarlo a volver de modo que vuelan su casa por los aires y haciendo que M ( John Huston) muera por accidente...muerte que no vemos, porque lo único que se ve es a su peluquín volando de onda expansiva ¿y por qué sabemos que ha muerto?, pues porque Bond debe acudir a llevar sus cenizas a Escocia , donde reside su viuda y su docena y media de hijas de no más de 17 años . Y aquí ya John Huston, debió pasarse de whiskies por que toda la escena de la cena con los gaiteros y las chicas siendo tumbadas al drinking por Bond más la escena de la cacería con esos pájaros robots explosivos es una locura a tope de Whiskeys en remix con LSD.
Pero ojo, que ya que íbamos puestos de LSD había que rizar el rizo y ZAS , nos sacamos que Bond tiene una hija, fruto de su relación con Mata Hari, llamada Mata Bond y a quien recluta para infiltrarse en SMERSH y así adivinar los planes de la organización .
Aquí Ken Hughes, apoyado en un diseño muy sixty de los decorados, nos lleva a una guarida de SMERSH en la que se desata una pelea surgida de la mente de los hermanos Marx, puesto que aquello parece el camarote de los propios hermanos, con rusos, yankees, chinos y franceses peleando entre ellos porque en un vídeo han visto unos cañones...
No sigo detallando más cosas, porque toda la película es una oda a los años sesenta, con diseños extravagantes, peinados muy pop, ropa muy pop y una deliciosa BSO de Burt Babarach que nos lleva flotando hasta el éxtasis final, en el Casino Royale y que para mí es lo mejor de la película de lo demencial que es, con indios, vaqueros, vallas que disparan balas, un Frankenstein ( David Prowse, en su debut en la gran pantalla), la legión encarnada en un divertidísimo Jean Paul Belmondo y un Woody Allen mostrándose como el Dr No, con su plan malvado de hacer que en la tierra sólo queden hombres de 1,60 y mujeres bellas y un final...donde no queda nadie vivo y vemos a todos con alitas de ángel y tocando el harpa en el cielo...excepto Allen que es enviado al infierno.
LO MEJOR:
Ese aire pop y el ir por que todo cuanto más absurdo mejor.
Úrsula Andress como Vesper Lynd, Niven como Bond y Jacqueline Bisset
LO PEOR:
Se sale con un colocazo gordo. Escenas como la prueba de vestuario de Sellers con Úrsulla Andress o sobre todo la de los gaiteros en el interrogatorio de Welles.
Año 1983, el año de guerra de los Bond. Es en este año cuando se da un hito histórico cinematográficamente hablando y no es otro que el hecho de que en pantalla van a coincidir dos películas de la saga Bond, como eran “Octopussy”, protagonizada por el Bond ochentero Roger Moore y “Nunca digas nunca jamás”, protagonizada por el mejor Bond para quien esto escribe, como era Sir Sean Connery.
En realidad “Nunca digas nunca jamás”, debería haberse titulado “Warhead”, pero a Irvin Kischner, su productor, le hizo gracia la frase que Connery le había soltado dourante el rodaje en Marruecos de “El Hombre que pudo reinar” al serle propueso volver a retomar el papel del agente doble cero: “never again, never again”.
Este hecho de que coincidiesen dos filmes de la saga a la vez, radicaba en el hecho de que Kevin Mc Clory había litigado los derechos de “Thunderball” a Ian Fleming y al conseguirlos, buscaba la manera de hacer un remake de ella.
La trama parte del robo por parte de ESPECTRA, de dos cabezas nucleares, con lo que ante el rescate exigido por la organización, el MI6 decide reactivar el programa doble cero con el fin de desbaratar los planes de la organización.
La película en sí huele a nostalgia pura y dura desde el inicio, partiendo de que quien ejerce el rol principal, es el Bond más genuino, como es Sean Connery el cual además conduce el Bentley de las novelas de Ian Fleming.
Sin embargo pronto notamos carencias, desde la ausencia de una escena pre-créditos, la falta de la melodía original y un tema principal malo de solemnidad.
A pesar de contar con un reparto notable con un Max Von Sidow ejerciendo de Blofeld, un Klaus María Brandauer ejerciendo del villano de la función, Largo y unas Bárbara Carrera como villana y una jovencísima Kim Basinguer ejerciendo de chica Bond, la película se ve lastrada por unas escenas de acción que salvo las que tienen lugar en Niza con la moto y el R-5 y las escenas acuáticas, no son de las que suelen enganchar, es más ni siquiera las que ocurren cuerpo a cuerpo son dignas de la saga.
Eso sí Bandauer, da un notable como nota en su rol de villano, con ese tono tan cínico como despiadado, marca de los mejores villanos de la saga.
En general la película pierde atractivo para todos los fans de la saga desde el principio y quizás por ello el resultado en taquilla no fue el esperado y la batalla la ganó con diferencia “Octopussy”.
Ochentesidades:
La escena de sexo con Bond en el baco fue íntegramente rodada por Carrera y Connery ya que ésta quería saber de primera mano lo que era estar con un doble cero, según cuenta la rumorología.
Fue la última vez que veríamos a “Spectre” hasta el estreno de la película del mismo título en 2015.
El jefe de especialistas era un jovencísimo Steven Seagal, el cual rompió una costilla a Connery durante la preparación de la escena con el gigantón del spa.
Este film fue el debut en el cine de un jovencísimo Rowan Atkinson, que se haría mundialmente famosos por su papel como “Mr Bean.”
Carrera consiguió una nominación a los Globos de Oro como mejor actriz secundaria, más que merecida la verdad.
Fue la última vez que veríamos a Connery sin barba en una película y su segundo regreso a la saga tras la vuelta en “Diamantes para la Eternidad”.
Nota: 5,5.
Lo mejor: Volver a ver a Connery como 007, una Carrera descomunal y una Kim Basinguer que empezaba a despuntar.
Lo peor: No se respira el espíritu 007 desde el inicio y eso lastra la película JOSE MARÍA MOLANO
Segunda
película de Timothy Dalton como el agente doble cero más famoso y
por desgracia para el que esto escribe, es la última aportación del
notable actor británico a las andanzas del espía más famoso de
todos los tiempos.
SINOPSIS:
James
afronta la difícil misión de vengar la muerte de la esposa de su
colega de la CIA Felix Leiter en una lucha encarnizada contra el
cártel de la droga, encarnado en la figura del narcotraficante
Sánchez.
OPINIÓN:
Las
novelas se habían acabado, con lo que no había material original
para la película, de ahí que el guionista Richard Maybaum decidió
centrar la historia en China con los cárteles de la droga como
antagonistas de 007. El caso es que viendo las dificultades que
podrían tener con el rodaje en el páis asiático, decidieron
trasladar la acción a un páis inventado, llamado Isthmus, pero
manteniendo la trama de la droga.
Por
desgracia una huelga del “Writer´s Guild”, dejó su obra a medio
hacer y hubo de completarla Michael G. Wilson, productor asociado a
Cubby Broccoli y que ya había colaborado con él en “Sólo para
sus ojos”.
De
todos modos en esta película lo que vemos es el Bond más genuino de
las novelas, un Bond que sufre, profesional, arisco a veces y sobre
todo solitario, a pesar de los intentos de la chica Bond Pam Bouvier
interpretada por Carey Lowel y de Q (Desmond Lewellyn). Este Bond ya
no está al servicio de su patria, si no de sí mismo, en una
búsqueda insaciable de venganza en la que no dejará títere con
cabeza y usará todos los medios a su disposición con el fin de
ejecutarla.
Si
ya de por sí el inicio de la película es trepidante y espectacular
con el apresamiento de Sánchez, no lo es menos la posterior escapada
de éste desde esa carretera que atraviesa de lado a lado los Cayos
de Florida y que tantas veces hemos visto en multitud de películas.
Pero
sin duda la palma de todas las escenas de acción, se las llevan los
veinte minutos finales con la huida de la base de Sánchez a través
de los camiones, con unas escenas que ríanse ustedes de las que
vemos en “Fast and Furious” y sobre todo hechas con un realismo
que para sí quisieran muchas de las obras que vemos en el cine en
nuestros días. Lo de la muerte de Sánchez como colofón es algo
antológico…y flambeante.
Las
chicas Bond, otro de los ganchos de las películas de Bond destacan a
partes iguales, si bien Talisa Soto como la pareja de Sánchez
destaca por su belleza, yo particularmente me quedo con Carey Lowell,
ya más bien por el hecho de que no es una mera mujer objeto, o
florero, sino que es una mujer de armas tomar, decidida a ayudar a
Bond cueste lo que cueste y con recursos propios, sino atentos a la
escena en el bar de los Cayos, con esa escopeta guardada debajo de la
mesa y como se enfrenta a los matones en el bar y el modo en el que
busca una vía de escape…que queráis o no a mí esa escena de la
lancha me ha recordado a esa obra maestra “bondiana” que es
“Desde Rusia con Amor”.
El
villano Sánchez, encarnado por el pétreo y siniestro a partes
iguales, Rober Davi, uno de los mejores villanos de los ochenta ,
protagoniza uno de esos villanos carismáticos que tanto gustamos de
ver en el cine de James Bond y sin el histrionismo que pudiesen tener
antecesores suyos, ya que lo único que busca es que la droga se
distribuya, cueste lo cueste, de ahí su lema tan famoso por la serie
“Narcos” y que popularizó el general de Panamá Noriega: “Plata
para los amigos, palo para los indecisos y plomo para los enemigos”.
Magistral.
Si
nos fijamos en uno de sus acólitos, podremos ver a un jovencísimo
Benicio del Toro haciendo de Darío, asesino sanguinario, que aquí
interpretó uno de sus primeros papeles de renombre siendo a sus 21
años el más joven villano en la historia cinematográfia de James
Bond. Pero no nos podemos olvidar de otro actor de carácter: Cari
Hiroyuki Tagawa ejerciendo de agente encubierto y al que actualmente
podemos ver en la serie, recomendada por cierto “The Man in the
High Castle”.
En
cuanto a la música, como no, inolvidable partitura cantada por
Gladys Night: “Licence to Kill”, siendo una de las mejores
canciones para la saga Bond junto a “Skyfall” o “ We have all
the time in the World”, por poner algunas de las mejores.
Sin
duda una pena no haber podido disfrutar de más Dalton, porque
hubiese sido una leyenda como Bond, viendo el gusto que le había
cogido al personaje.
Panorama
para matar
(View
to a Kill,
1985) es la decimocuarta película de la serie Bond y la última en
la que aparece Roger Moore encarnado al mítico superespía británico
salido de la pluma de Ian Fleming. Fue producida una vez más por
Albert R. Broccoli y dirigida por John Glen.
Después
de las extremadamente flojas Sólo
para sus ojos
(1981) y Octopussy (1983), Panorama
para matar
es una película muy digna y un buen colofón a la carrera de Moore
como 007. Tiene un guion solvente, buenos secundarios, algunas
escenas de acción memorables (pese a que el protagonista está ya
para pocos trotes), y una banda sonora que ha pasado a los anales de
la historia por el tema View
to a kill
de Durán Durán.
Una
vez más, los productores repiten el formato que ha permitido
mantener a flote y con éxito el personaje durante la década de los
ochenta: Un villano de postín, un rival físico para Bond al estilo
Tiburón
(En este caso una mujer poderosa llamada May Day), un romance para el
protagonista, acción y escenarios exóticos, en esta película la
Torre Eiffel de París y el Golden Gate de San Francisco.
EL
REPARTO
Si
en Sólo
para sus ojos
y Octopussy, nuestro querido Roger Moore daba muestras de cansancio,
en Panorama
para matar
pide el cambio desde el primer minuto. Ya es imposible ocultar los
signos de la edad en su cara o sus manos, su estatismo y su falta de
forma física lastran la dinámica de la película, pero no obstante,
mantiene su natural buen porte y sentido del humor, al que tiene que
recurrir de forma constante para suplir su falta de vigor físico.
La
“chica bond” (ya sabéis que no me gusta utilizar este término
por sus connotaciones machistas, pero es el nombre que reciben las
partenaires
femeninas del personaje), es en este caso la rutilante Tanya Roberts,
una actriz de excepcional belleza que, tras aparecer en 1980 en la
última temporada de la serie Los
ángeles de Charlie,
alcanzó la fama con el film de espada y brujería El
señor de las bestias (1982),
convirtiéndose para siempre en un icono del género fantástico.
Pese
a que la diferencia de edad es evidente, su relación resulta creíble
porque Roberts, que interpreta a la geóloga Stacey Sutton, con su
sonrisa y sus ojos de color verde intenso, consigue llenar la
pantalla y remontarle a Moore todas las escenas en las que salen
juntos. Es la auténtica estrella de la película.
Para
el personaje de villano el escogido es Christopher Walken, que lo
borda como el megalómano magnate de los microchips Max Zorin, que
planea destruir medio estado de California con una gran explosión al
estilo Lex Luthor, pero esta vez para borrar del mapa Silicon Valley
y así monopolizar el mercado de la informática. Al igual que ocurre
con Tanya Roberts, la diferencia de edad entre Moore y Walken se hace
evidente cuando están juntos.
Como
hemos señalado al principio, se busca a Bond un rival físico al
estilo Tiburón
que en este caso es la modelo, actriz y cantante jamaicana Grace
Jones, una mujer alta y fibrosa, con una imagen original y
vanguardista que da un toque de modernidad ochentera a la película.
Su papel es May Day, ayudante del villano que habla poco y actúa con
contundencia pero que al final se pasará al lado de Bond y le
ayudará a desactivar las toneladas de explosivo TNT que Zorin ha
enterrado en una vieja mina para volar todo el valle.
Acompañan
al elenco los habituales del
universo Bond de la época: Lois Maxwell como Moneypenny, Desmond
Lewelyn como “Q”, el hombre de los gadgets, o Walter Gotell como
el general Gogol, jefe de KGB. Mención especial merece la aparición
de Patrick
Macnee, conocido por la serie de los sesenta Los
vengadores,
que aparece ya veterano como Sir Godfrey Tibbett, que acompaña a
Bond en sus pesquisas en la mansión de Zorin de las afueras de
París, en la tediosa mitad de la película.
LAS
MEJORES ESCENAS
Tanto
por su espectacularidad, como por haber sido inmortalizada en el
videoclip de Durán Durán, la escena más recordada de la película
es sin duda la persecución en las alturas de la Torre Eiffel entre
Bond y May Day, que comienza en el restaurante con el asesinato de un
informador, continua con una persecución a tiros por las escaleras
de metal de la torre, y termina con el salto al vacío de la malvada
asesina para desplegar un paracaídas negro y caer suavemente a
orillas del Sena.
Para
perseguirla, Bond roba un vehículo utilitario en otra secuencia
memorable: la famosa persecución en el entonces novedoso Renault 11,
que la marca aprovechó para anunciar el modelo en todo el mundo. El
vehículo acaba partido por la mitad después de un espectacular sube
y baja por las calles parisinas.
Otras
escenas impactantes de la película son: La que ocurre bajo tierra,
en la vieja mina saturada de explosivos con inundación incluida, y
la secuencia del enfrentamiento final en un dirigible sobre el Golden
Gate de San Francisco con Bond peleando en las alturas y cayendo
sobre los cables de acero de sostienen el puente colgante.
LA
BANDA SONORA
Es
sin duda el punto fuerte de la película. La canción View
to a kill
de Durán Durán, que fue número uno en las listas pop de todo el
mundo, está tan asociada a 007 como su propia sintonía de John
Barry y Monty Norman o el tema de Goldfinger.
CONCLUSION
Después
del adiós de Roger Moore, inaplazable ya por motivos de edad, los
productores de la serie optaron por despojar al personaje de todo su
glamour, elegancia y sentido del humor, y se empeñaron en
convertirlo en un duro de acción al uso, primero con el fallido
Timothy Dalton, que sólo aguantó dos películas, después con
Pierce Brosnan, el Bond de los noventa, un actor al que el papel le
va como anillo al dedo y con una importante vis cómica pero al que
forzaban a poner una permanente “cara de ajo”, y actualmente con
el incalificable Daniel Craig, una inexpresiva masa de músculos que
ha convertido al personaje en un burdo mamporrero al que ya no le
queda bien ni la pajarita.
El
siete de Agosto de mil novecientos ochenta y seis, Timothy Dalton era
anunciado como el siguiente actor que interpretaría al agente doble
cero con licencia para matar, tras la retirada del papel del
carismático y ya envejecido para el papel Roger Moore.
Dalton
ya había hecho el casting para el rol del más famoso agente
secreto, tanto como para “007 Al servicio secreto de su Majestad”,
como para “Diamantes para la Eternidad” , aunque en ambas
ocasiones fue desestimado por ser demasiado joven.
En
esta ocasión, las prisas urgían a la productora puesto que se
trataba de la película que iba a suponer la celebración del
veinticinco aniversario de la saga y tantearon tanto a Sam Neill, que
casi se lleva el papel, como Sean Bean, que como recordaréis sería
Alex Trebelien en “Goldeneye”, pero al final al que se llevaría
el gato al agua sería este actor galés, al que habíamos visto por
ejemplo en la adaptación a la pantalla grande de “Flash Gordon”.
En
esta ocasión, se tomaba como referencia, no una de las obras de Ian
Fleming, si no el relato corto “The living daylights” y la trama
que se nos presentaba era como Bond, debía encargarse de la
protección de un desertor de la KGB, el general Koskov, el cual
luego resulta ser un impostor, cuyo fin es el tráfico de armas y
opio junto al general Whitaker.
Para
el que suscribe y para muchos otros, Dalton, era el Bond de las
novelas, un Bond directo, que se mueve por instintos y cuyo único
fin es servir a su Majestad, una pena que este actorazo, sólo
estuviese en dos películas de la saga, porque realmente hubiese
tenido mucho futuro.
Teniendo
en cuenta que veníamos de una época, en la que lo primaba era el
humor con Roger Moore, con Dalton, lo que imperaba era sobre todo la
seriedad y el directos al grano, sin rodeos, es decir, si había que
pegarse o disparar, directamente se hacía.
Desde
el inicio de la película en Gibraltar se ve que la película va a ir
directamente a la acción, con esa secuencia de la pelea con el jeep
lleno explosivos ardiendo, mientras Bond y el saboteador se molen a
palos y con un final muy explosivo, como mandan las películas de
Bond.
Después
la trama nos lleva a la extinta Checoslovaquia y aquí lo que vemos
básicamente es una puesta al día de lo que era la “Guerra Fría”,
con un Koskov ( Jeroen Krabbé) queriendo desertar de la KGB, pero
con truco, ya que como veremos ha engatusado a una chelista de la
ópera, Kara Milovy ( bellísima como no, Maryam D’Abo) , para que
simule un ataque contra él y todo sea más verídico.
Por
cierto que el fusil que usa Bond para interceptar a la supuesta
francotiradora, a pesar de su aparatosidad, no era un prototipo
creado para la película, si no que el modelo existía en aquella
época. La posterior fuga a través del gaseoducto (el cual también
era real y hubo de adaptarse para hacer posible la fuga de Koskov) y
la huida a Inglaterra, son los momentos más intensos de esta primera
parte de la película.
En
Inglaterra, más concretamente en la mansión de M, todo se precipita
y Koskov hace creer que es raptado y entonces James debe ponerse en
marcha para averiguar quien y porqué se han llevado a Koskov,
llevándole todas las pistas al general Pushkin ( John Rhys Davies,
magistral como siempre) y posteriormente al coronel Whitaker ( Joe
Don Baker).
Lo
que ocurre tras Inglaterra, son las escenas que más suelen gustar de
las películas de Bond, es decir persecuciones, tiroteos, acción a
raudales, donde sobre manera debemos quedarnos con esa delirante
escapada por la nieve de Bond y Kara montados en la funda del chelo
en su bajada a la frontera con Austria y la persecución previa por
parte del ejército checo por en medio del lago helado y donde 007
sabe darle un buen uso a todos los gadgets que Q ha incorporado a un
Aston Martin que el pobre llevaba cogiendo polvo desde la trágica
muerte de la esposa de Bond Tracy D’Vicenzo en “007 Al servicio
secreto de su Majestad” ( si no la habéis visto, muy recomendable
e infravalorada por desgracia).
El
relleno de la estancia en Viena es un lastre que se hubiesen ahorrado
en el metraje final, salvo por el asesinato del compañero de Bond,
que desembocará en una Kara desesperada, delate su posición a
Koskov y por lo tanto haga que Bond y ella misma sean retenidos y
enviados a Afganistán, en plena guerra entre los rusos y el pueblo
afgano, donde se descubrirá la tapadera del tráfico de opio de
Koskov y Whitaker.
Tras
una huida al más puro estilo Bond, usando uno de los gadgets de Q,
en este caso el llavero del Aston Martin, con gas aturdidor y
conseguir la ayuda de lso afganos, todo acabará con la muerte de
Whitaker y el apresamiento de Koskov.
Por
desgracia, a pesar de que la trama es correcta, fases como la de
Viena, no ayudan a la película, encarecen la duración del producto
y tampoco ayudan que en esta primera aparición de Dalton, le hayan
puesto un villano tan vacío como Krabbé o como Baker. Mucho mejor
está el despiadado asesino , esbirro de los dos que interpreta el
rubio Andreas Wisnievsky al cual veríamos posteriormente en La
Jungla de Cristal.
De
todos modos puede considerarse un muy buen debut de Dalton en la saga
Bond y el mejor resumen de lo que es en la mayor parte la película
lo dijo el propio Dalton en una entrevista: “Bond es un hombre que
puede morir en cualquier momento, por lo que el peligro y la tensión
deben reflejarse en su modo de vida”, acción, acción y más
acción.
Como
apunte final, indicar que es la última película de la saga en la
que John Barry actúa como compositor y la primera en la que Louis
Maxwell no ejerce como Monney Penny.
Y
por cierto no hay un tema principal, sino dos, el de “A-Ha” :
“The living daylights”, impresionante y el del final de “The
Pretenders”: “If there was a Man”.
Especial
Roger Moore, James Bond de los ochenta: “Programa doble”: Solo
para sus ojos (1981) y Octopussy (1983)Por
Víctor Sánchez González
Sólo
para sus ojos
(For
your eyes only,
1981) y Octopussy (1983) son la decimosegunda y decimotercera
películas de la serie Bond. Ambas fueron producidas por Albert R.
Broccoli, dirigidas por John Glen (no confundir con el famoso
astronauta), y protagonizadas por Roger Moore. Tienen en común,
aparte de lo anterior, el dudoso honor de ser las más flojas de su
ciclo. No obstante, como fans incondicionales del superespía
británico creado por la pluma de Ian Fleming, también os las
comentamos con todo el cariño en este especial programa doble.
SOLO
PARA SUS OJOS
Tras
el subidón de La
espía que me amó
y Moonraker,
la serie Bond empezó los ochenta con un bajón de presupuesto,
argumento, espectacularidad y elenco protagonista. El resultado es la
endeble Sólo
para sus ojos.
Inicialmente,
Sólo
para sus ojos estaba
prevista después de La
espía que me amó,
de hecho en los créditos finales de ésta así se anunciaba, sin
embargo, los productores decidieron adelantar Moonraker,
de temática espacial, para aprovechar el boom comercial propiciado
por La
guerra de las galaxias.
Con
el pretexto de volver a una trama de espías más convencional tras
el paso por las historias futuristas y espaciales de las dos
anteriores, nos encontramos con una película muy plana, sin
emociones, casi sin gatgets o escenas espectaculares (apenas aparece
el Lotus y lo hace pintado de marrón), sin un malo de postín, con
una partenaire femenina muy joven que desentona con un Roger Moore ya
maduro, con un Macguffin
(recurso que sirve de hilo conductor a la acción) que no engancha
(un supuesto “aparatito” llamado ATAC, que sirve para accionar a
distancia los misiles nucleares británicos), y, lo que resulta
demoledor: sin Tiburón,
el personaje que sostiene a Moore en las dos películas anteriores y
al que se echa mucho de menos. ¿Tiene algo bueno la película?
Quizás las escenas que se rodaron en Grecia, en el espectacular
monte Meteora, que ocurren al final de la película.
La
estrella del film es de nuevo y por quinta vez Roger Moore, al que ya
se le empiezan a notar los achaques de la edad (apenas hay peleas o
escenas en que se mueva y se limita a lucir trajes, hacer gala de su
fino humor inglés, aparecer en fundidos o usar un doble).
Le
acompaña la actriz francesa Carol Bouquet, que interpreta a Melina
Havelock, una joven rica que busca vengar la muerte de su padre y
persigue al mismo objetivo que Bond. Melina es una mujer fuerte y
decidida pero que termina sucumbiendo a los encantos de Bond. Como
hemos mencionado, en sus escenas chirría enormemente la diferencia
de edad (tanto es así que a mitad de la película, el guión
introduce un breve pero tórrido romance entre Bond y una belleza
otoñal más acorde con él, una “condesa” interpretada por
Cassandra Harris, que muere convenientemente para no interferir en la
historia principal).
El
papel de villano recae en Julian Glover (al que todos recordamos por
uno similar en Indiana
Jones y la última cruzada),
como Kristakos, un magnate griego que juega a dos bandas con rusos y
británicos. Completa el reparto el actor israelí Chaim Topol, como
Columbo, un contrabandista enemigo de Kristakos y que ayuda Bond a
desbaratar sus planes de vender el ATAC a los soviéticos. Les
acompañan rostros habituales como Lois Maxwell como Moneypenny,
Delmond Lewelyn como Q, o Walter Gotell como el jefe del KGB.
Como
curiosidades podemos indicar que la película comienza con un guiño
a la organización criminal Espectra,
ausente en toda la serie de Moore, cuando Bond elimina con un
helicóptero a su jefe y su sempiterno gato blanco. Hay una primera
parte que el guión sitúa en Madrid, pero son unas escenas
campestres que parecen una mezcla entre el sur de Francia y el sur de
California. También se rodaron escenas de nieve en Cortina
d’Ampezzo, en Italia. Al final de la película se permiten también
una licencia humorística al aparecer una actriz caracterizada como
la primera ministra británica de entonces, Margaret Thacher. La
música esta vez corre a cargo de otro clásico como Bill Conti y el
tema principal lo canta la estrella pop de los ochenta Seena Easton.
OCTOPUSSY
Para
Octopussy,
que se estrenó dos años después de Solo
para sus ojos,
los productores parecieron haber aprendido del error y recurrieron a
un villano con más empaque, el actor francés Louis Jourdán, una
protagonista femenina de una edad más acorde con la de Moore, Maud
Adams, que además repite como “chica Bond” tras haber
protagonizado con Moore El
hombre de las pistolas de oro
en 1974 (aquí interpreta a la enigmática Octopussy),
y a un malo al estilo Tiburón
que se enfrente a Bond cara a cara (en este caso llamado Bobinda y
encarnado por el actor indio Kabir Bedi, conocido por ser el
televisivo Sandokan).
Sin
embargo, la película flojea de nuevo en el guión, la historia es
insulsa y confusa, no transmite, y además, Roger Moore se mueve
menos todavía que en la anterior y recurre de nuevo al fino sarcasmo
y a su “enarcar la ceja” como vano intento de sostener el film.
En cuanto al hilo conductor de la trama, aquí es el robo de unas
joyas rusas con forma de huevo. Después de haber salvado al mundo de
dos megalómanos que querían provocar sendos holocaustos desde una
ciudad submarina y otra espacial en La
espía que me amó
y Moonraker
(nada menos que con tres submarinos nucleares en una y decenas de
lanzaderas espaciales en la otra), es difícil emocionar al
espectador con un simple robo de joyas en Octopussy
(o una insulsa maleta con botoncitos en Sólo
para sus ojos).
Como
curiosidades, parte de la película se ambientó en la India, donde
tiene su palacio el malvado Kamal Khan (Louis Jourdan). Para ello,
aparte de con Kabir Bedi, se contó con la participación de Vijay
Amritrá, un tenista del circuito mundial y estrella en su país, que
interpreta a un agente indio del MI6 que ayuda a Bond (en una escena,
Vijay, que se llama igual en la película, y Bond, hacen un guiño al
espectador mostrando por casualidad una raqueta de tenis). También
hay gatgets casi autoparódicos, como el minúsculo avión que
aparece al principio o el ridículo cocodrilo mecánico con el que
Bond llega al palacio. La música es del habitual John Barry y el
tema principal "All Time High" lo cantó la veterana
estrella del pop y el country Rita Coolidge.
CONCLUSIÓN
Fieles
a nuestro lema, desde Cine de los 80 os ofrecemos “lo bueno, lo
malo y lo peor”, y sin duda nos encontramos ante lo peor de la
“serie Moore” de Bond. No obstante, Sólo
para sus ojos tuvo
un coste de producción de 28 millones de dólares y recaudó 157,
demostrando que el personaje todavía tenía tirón (o que quizás el
público pensó que acudía al cine a ver Moonraker
2).
Por su parte, Octopussy
tuvo que competir en los cines con Nunca
digas nunca jamás,
el film no oficial del personaje Bond protagonizado de nuevo por Sean
Connery, y quedó por delante en taquilla. Afortunadamente, Roger
Moore se despediría de su emblemático papel con un una película
más que digna, como Panorama
para matar
en 1985, que comentaremos al mes que viene.
Especial
Roger Moore, James Bond de los ochenta: Programa doble, La espía que
me amó y MoonrakerPor
Víctor Sánchez González
En
Cine
de los 80 estábamos
deseando dedicar un especial al Bond de los primeros ochenta, Roger
Moore, y al repasar la serie de sus películas nos dimos cuenta de
que no podíamos comenzar, con un criterio exclusivamente de fecha,
por Solo
para tus ojos
de 1981 (por cierto una de las más flojas de Moore junto con
Octopussy),
y dejar fuera los dos títulos que reinician la serie tras el parón
de 1974, y marcan el comienzo del “Bond de los 80”: La
espía que me amó
y Moonraker.
Además,
las dos son de las pelis más emblemáticas y sin duda las más
espectaculares del ciclo Moore, anticipan los avances de la década,
la estética ochentera, y contienen momentos y personajes
inolvidables. Y es tanto también lo que tienen en común que hemos
querido mostrároslas juntas, en “programa doble”, así que,
ochenters, no miréis la fecha y… ¡A disfrutar!
La
espía que me amó que me amó
(The
spy who loved me,
Eon,1977) y Moonraker
(1979) son la décima y la undécima películas del superespía
británico creado por el escritor Ian Fleming y que lleva al cine el
productor Albert R. Broccoli. Las dos están interpretadas en su
papel principal por Roger Moore, y en los roles femeninos por Bárbara
Bach y Lois Chiles en cada una.
Aparte
de su actor protagonista, comparten director (el británico Lewis
Gilbert), temática futurista casi rozando la ciencia ficción (son
las más originales y ambiciosas hasta entonces, Moonraker
costó 34 millones de dólares), el coche Lotus Spirit, y, por
supuesto, el malo
malísimo
de las dos y auténtico alter
ego
del Bond de Moore: El gigante de dientes de acero Tiburón.
EL
REPARTO
El
protagonista principal de las películas es el actor inglés Roger
Moore, que en los años sesenta había protagonizado la serie
televisiva El
Santo, sobre
un ladrón de guante blanco, con la que obtuvo mucha popularidad.
Cuando el primer Bond (y para muchos el más genuino), el escoces
Sean Connery, se hartó del personaje que hasta entonces había
interpretado en cinco películas desde 1962, le ofrecieron a Moore el
papel del famoso espía, al que aportó su natural porte y elegancia,
su fino sentido del humor, un toque menos masculino y más
sofisticado que el de Connery, y, por supuesto su característico
“enarcar la ceja” (En España también la inconfundible voz de
Constantino Romero).
Para
enfrentarse a Bond no puede faltar el villano de turno, en este caso
interpretado en La
espía que me amó
por Curd
Jürgens (un veterano del Hollywood dorado),
y Michael
Lonsdale en Moonraker,
pero su
antagonista verdadero en ambas películas es Richard Kiel, que da
vida al incombustible asesino a sueldo Tiburón,
un gigante con los dientes de acero que no habla pero consigue una
química con el personaje de Bond que les convierte a ambos en
auténticos enemigos simbióticos, con sus sonrisas recíprocas y sus
escenas de lucha (Como curiosidad, Kiel, un actor marcado por su
físico, había aparecido antes en otros filmes como Los
rompehuesos
o El expreso
de Chicago,
en esta última ya por primera vez como el sicario silencioso de
dientes de metal).
Otro
signo de identidad de la serie son las conocidas como “Chicas
Bond”, un concepto sexista pero que ha conseguido lanzar al
estrellato a muchas actrices, empezando por la primera de ellas:
Ursula Andress, y su mítica salida del agua en el primer film de la
serie 007
contra el Dr. No de
1962. La típica “chica Bond” es una mujer joven, atractiva y
ligera de ropa cuyo cometido principal es ser salvada y sucumbir al
irresistible James Bond de turno. Sin embargo, las protagonistas
principales en estas dos películas no responden en absoluto a ese
arquetipo. Las dos en su estilo son heroínas por ellas mismas,
mujeres independientes, que se sitúan al mismo nivel que su
partenaire
masculino (como la princesa Leia de Star
Wars).
En
La espía que
me amó,
Bárbara Bach es Ana Amásova, la agente Triple
X del KGB
soviético (una especie de análoga al 007 británico). Amásova es
inteligente, sagaz y escurridiza; tiene una cuenta pendiente con Bond
y rivaliza con él hasta que ambos se ven obligados a unir sus
fuerzas contra el malvado Stromberg que planea destruir ambos países.
En todo momento, incluso en el amor, Bond y ella mantienen una
relación de igual a igual hasta la escena final.
En
el caso de Moonraker,
Lois Chiles es Holly Goodhead, doctora en física y agente de la CIA
infiltrada en Industrias Drax para averiguar los pérfidos planes del
multimillonario fabricante de las lanzaderas espaciales Moonraker.
Como en el caso anterior, une sus fuerzas con Bond, esta vez sin
rivalidades geopolíticas y ambos de nuevo en el mismo plano.
Junto a ellos, los personajes
habituales del universo Bond de la época: Lois Maxwell como
Moneypenny, Bernard Lee como “M”, su jefe en el Mi6, Desmond
Lewelyn como “Q”, el hombre de los gadgets, o Walter Gotell como
el general Gogol, jefe de KGB. Además, en pequeños papeles,
actrices como Caroline Munro, musa de la serie B, o Corinne Clery.
LA
TRAMA
Las
películas del sello Bond siguen todas un esquema parecido: La
sintonía de Monty Norman y John Barry, una primera escena de acción,
los créditos coloristas con el tema musical de la película, y
después la historia:
En
La espía que
me amó,
Bond y Amasova han de resolver el misterio de un submarino nuclear
británico y otro soviético desaparecidos misteriosamente en alta
mar. Ello les llevará desde Egipto hasta Córcega para descubrir que
el responsable es el millonario Karl Stromberg que ha construido una
ciudad submarina y planea destruir el mundo provocando una guerra
nuclear para habitar el mar.
En
Moonraker lo que desaparece es un transbordador espacial, y Bond ha
de averiguar si el responsable es el millonario fabricante, Hugo
Drax. Para ello viajará desde Venecia a Rio para descubrir que Drax
oculta en la selva brasileña una base de lanzaderas espaciales con
las que planea bombardear el planeta con un virus y refundar una
nueva sociedad en el espacio exterior.
AMBIENTACIÓN
Y ESCENAS MEMORABLES
Aunque
las películas de James Bond siempre ocurren en el tiempo presente,
en este caso la ambientación y la temática es claramente futurista:
Una ciudad bajo el mar en el caso de La
espía que me amó y
la conquista del espacio en Moonraker.
Ambas gobernadas por el mismo tipo de villano: un millonario
excéntrico, megalómano y visionario que quiere destruir el mundo,
que considera lleno de maldad y vileza para crear un nuevo paraíso
en el que la humanidad parta de cero (en La
espía que me amó bajo
los océanos y en Moonraker
en el espacio). Ambos malvados también comparten perfil: hombres de
cierta edad que ejercen la violencia de forma contenida y mediante la
palabra (para las escenas de acción ya está Tiburón).
En
ambos casos, aparte de las típicas peleas, disparos y explosiones,
las películas utilizan profusamente los efectos especiales (puestos
también muy de moda por La
guerra de las galaxias),
y en las dos resultan muy creíbles aunque hoy en día nos puedan
parecer artesanos (las maquetas tanto de la gigantesca ciudad
subacuática como de la fastuosa estación espacial resultaban
impresionantes en el cine).
En
cuanto a las secuencias memorables, las encontramos en las dos
películas y algunas se han convertido en icónicas:
En La
espía que me amó
podemos ver una escena rodada en las pirámides de Egipto durante un
espectáculo nocturno que se celebra realmente; también la
persecución del helicóptero pilotado por Caroline Munro, del que
escapan lanzándose al mar en el Lotus que bajo el agua se convierte
en minisubmarino (quizás la imagen más icónica de todos los coches
de Bond y su gatget
más espectacular); y, al final, la escena del interior del
superpetrolero en el que se esconden nada menos que tres submarinos
nucleares, y en la que se desarrolla quizás la más lograda
coreografía de batalla de la serie Bond y una de las mejores del
cine de acción, y que se rodó en los gigantescos estudios Pinewood
de Londres.
En
Moonraker
encontramos también escenas muy reconocibles como la del simulador
de velocidad G en la que Bond da vueltas hasta que consigue soltarse;
la persecución en el teleférico del Pan de Azúcar de Rio de
Janeiro, en la que Tiburón
para el motor con sus manos, corta el cable de acero con los dientes
y resiste el impacto de la cabina antes de conocer al “amor de su
vida”; También la espectacular persecución de lanchas motoras en
el Amazonas (en la que, si nos fijamos, los perseguidores que saltan
por los aires son muñecos); y para terminar la parte final que
ocurre en el espacio: las logradísimas secuencias del transbordador,
La lucha en la estación espacial y la batalla de rayos láser en la
estratosfera entre los esbirros de Drax y el oportuno y bien armado
comando americano, en la que, al final, en medio de las explosiones
que destruyen la estación, Tiburón
se vuelve bueno y ayuda a Bond a escapar para salvar la Tierra.
CONCLUSIÓN
Las
películas de James Bond son cine comercial y de entretenimiento
(abunda la publicidad inducida, coches estrellándose contra carteles
publicitarios o la descarada promoción del entonces novedoso
transbordador espacial que iba a tener en los ochenta un uso
predominantemente comercial), no obstante, tienen un público fiel
que ha seguido la serie incluso hasta nuestros días. En cuanto a
estas dos películas, son de las mejores del ciclo Moore; son
originales, novedosas, con un mensaje optimista y de deshielo en
plena Guerra Fría, y combinan, en dosis justas, la acción, el humor
y los tópicos del “mundo Bond”.