Presentación

Amantes de mundos fantásticos, bisoños aventureros en busca de tesoros, criaturas de la noche, princesas estudiantiles y fanáticos de cachas de postín, ¡sed bienvenidos!. Invitados quedáis a rebuscar en nuestra colección de VHS, acomodar vuestras posaderas en una mullida butaca, darle al play, y disfrutar de lo bueno, lo malo y lo peor que dieron estas décadas.

ADVERTENCIA: Aquí no se escribe crítica cinematográfica (ni se pretende). Las reseñas son altamente subjetivas y el único objetivo es aprender y disfrutar del cine y, por supuesto, de vosotros.
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Escuela privada para chicas (1983, Noel Black) Private School

 



¡Menudo despelote de película! ¡Literalmente!

Escuela privada para chicas es una teen movie un poco subidita de tono al más puro estilo de Porky´s o tantas otras paridas en los 80. Ya sabéis: Instituto o Universidad, jóvenes con las hormonas a flor de piel, despelotes gratuitos a tutiplén, sexo, bromas chorras, situaciones disparatadas y etcétera.

Es una de las pocas películas dirigidas por Noel Black que no fue una TV Movie y también es una de las primeras en las que actúan Phoebe Kates, Betsy Russell o Matthew Modine, todos actores muy conodidos hoy día. También cuenta con Michael Zorek en el papel de Bubba; Zorek es un eterno secundario en películas de adolescentes ochenteras como Lío en la Universidad, La mujer de rojo o Teen Wolf 2.



En ocasiones parece que estemos viendo un videoclip con la incursión de sendos temas musicales acompañando imágenes: alucinante en momento del despelote a caballo de Betsy Russell. 

Y hablando de Russell la verdad es que la chica se come al resto del reparto. No solo está preciosa sino que con su sorna picarona y escenas subiditas de tono roba todo el protagonismo a los que se supone son os protagonistas: Kates y Modine.



Una obra hija de su tiempo que sería impensable en los tiempos políticamente correctos que corren y que fue relativamente bien recibida en taquilla recaudando más de 14 millones de dólares. El final no desmerece el conjunto; un pose masivo de nalgas femeninas... ¡Pa flipar en colores!


¡Que la disfrutéis!



Germán Fernández Jambrina



De vuestros niños de cincuenta años: Homenaje a “Los payasos de la tele”



Ochenters, suerte tuvimos de vivir aquellos años y aquella tele, con Los payasos, Félix Rodríguez de la Fuente, Gloria Fuertes… Ellos nos hicieron como somos, junto a nuestros padres claro, y les debemos, como a ellos, lo que somos. Por eso vamos a dedicar unas emotivas y cariñosas líneas a aquellos locos vestidos de rojo, que tanto nos hicieron reír, en aquellos años en blanco y negro, a los que empezaba a llegar el color. Ay, aquellos sábados por la mañana con Gaby, Fofó, Miliki, y los demás… ¿Cómo están Ustedes?... ¡Bien!

EL ORÍGEN DE LA LEYENDA
Nuestros héroes vienen de una familia de payasos circenses que se remonta al siglo XIX, y comenzaron en la profesión en los felices años treinta de nuestro siglo, nada menos que en el mítico Circo Price, pero, después de la guerra, fueron de los tantos que emigraron a Hispanoamérica en busca de una vida mejor.
 
Su primer destino fue la soleada y caribeña Cuba, donde los tres hermanos Aragón, Gabriel (Gaby), Alfonso (Fofó) y Emilio (Emilín en un principio, aunque pronto se lo cambiaría por Miliki), comenzaron a hacer sus pinitos en televisión, lo que les hizo conocidos también en México (donde se iniciaron en el cine), Venezuela e incluso Estados Unidos. Su siguiente destino sería Puerto Rico, donde estarían desde 1965 hasta 1971, con el programa El Show de las 5, uno de los más vistos y recordados en la historia de la televisión en aquel país. Luego recalaron en Argentina, donde, ya con la incorporación de Fofito, hijo de Fofó, tienen también su propio Show televisivo y ruedan más películas.
Su éxito en Hispanoamérica hace que una TVE con aires de renovación se fije en ellos, y en 1972 les contrate para el programa El gran circo de TVE, que pasaría a sustituir a Los Chipitirifláuticos.
Su carisma, su talento, y esa conexión mágica que, como Félix o Gloria Fuertes,  tenían con el  público infantil, hizo que alcanzaran un éxito arrollador, y, ya conocidos como Los payasos de la tele, se convirtieran en todo un fenómeno televisivo y social en la España de los setenta y primeros ochenta.

LOS PAYASOS UNO A UNO
         GABY: Su papel era del serio del grupo, el que, supuestamente ponía orden en el caos de los demás. No vestía de payaso, como los otros, sino de frac, y siempre iba un poco al margen de ellos. Tocaba el saxofón.
         FOFÓ: Pese a no ser el mayor, era el que hacía las veces de jefe, el que mandaba (por lo menos entre los de la nariz de payaso), el que quedaba siempre por encima en las situaciones cómicas, y el que llevaba la voz cantante, también en las canciones. Su instrumento era la trompeta. Pese a ser a veces brusco y mandón, era el personaje más querido, hasta el punto de que su fallecimiento inesperado en 1976, fue una tragedia para los niños de entonces, y de un impacto social a nivel nacional, similar al que tendría cuatro años más tarde la trágica muerte en accidente de avioneta del gran Félix Rodríguez de la Fuente, en 1980, de la que también nos enteramos un sábado por la mañana. Siempre nos emocionamos al recordar estos momentos, como al ver la estatua dedicada al Fofo en la entrada al Parque de Atracciones de Madrid.
         MILIKI: Su personaje era quizás el de mayor poso interpretativo, y el que más calaba en la chavalería. Era el más noble, el más soñador, siempre risueño, y también atolondrado. Su instrumento era el acordeón. Al fallecer su hermano Fofó, fue el que, digamos, tomo la jefatura del grupo, aunque siempre con un aire mucho más benévolo y tolerante, también el liderazgo en las canciones, dándoles un toque más entrañable, y también pasó a ocupar el primer lugar en el corazón de los niños.
         FOFITO: Al ser el más joven, era también el más alocado, el más procaz y el que decía siempre la mayor tontería. Tocaba la guitarra, y hoy es el único del cuarteto original que todavía vive, aunque el resto estén siempre en nuestros corazones.
         MILIKITO: Hijo de Miliki, se incorporó al grupo tras el fallecimiento de Fofó. Con una sólida formación musical (es pianista), y un talento natural como mimo, tenía escasa experiencia ante las cámaras, y por ello inicialmente se decidió que fuera mudo (al estilo de Harpo Marx), y se comunicara agitando un cencerro en vez de una bocina como aquel. Sin embargo, más adelante, “recuperó milagrosamente la voz”, revelándose como un excelente payaso. Quizás por ello, dejó el circo en 1981 para emprender carrera en solitario, inicialmente como humorista y cantante (recordemos su mítico programa de gags al estilo Paul Hogan, Benny Hill o Saturday Night Live, Ni en vivo ni en directo), para luego convertirse en presentador y productor con la llegada de las televisiones privadas.
         RODY: Hijo pequeño de Fofó, fue el último en incorporarse a la troupe, entre 1982 y 83, cuando Milikito dejó el show, y éste paso a llamarse, en su última etapa, El loco mundo de los payasos. Rody se pintaba la cara de negro y se caracterizaba de afrocubano. En las últimas décadas, ha sido también el que ha seguido un poco el legado circense de la familia con giras por España, algunas junto a su hermano Fofito.
 
         A estos componentes también habría que añadir a Rita Irasema, hija de Miliki, que, junto a su padre, presentó una variante del programa entre 1993 y 95.

EL CIRCO Y SUS CUATRO PARTES
         El programa se grababa inicialmente en una carpa de circo, en Madrid, con un enloquecido público infantil llenando la grada, normalmente colegios enteros llevados allí en autobús. Comenzaba con la famosa canción que todos recordamos y sabemos tararear: Había una vez… Un circo que alegraba siempre el corazón…
Luego se dividía en cuatro partes:
LA PRESENTACIÓN: Los payasos salían de uno en uno preguntando a los niños del público ¿Cómo están ustedes?... ¡Bien! Cuando los cuatro estaban en pista, hacían un breve entremés cómico al estilo de los payasos del circo clásico.

LA ACTUACIÓN: Era un número de circo, alternando malabaristas, equilibristas, domadores, trapecistas, etc.
LA AVENTURA: Era el momento preferido de los seguidores del programa. Se trataba de una escena de unos 10 minutos de duración, ambientada a modo de telecomedia, en la que los payasos vivían una peripecia cada vez en un lugar distinto, y en la que participaban también otros actores. Entre ellos el personaje recurrente del Señor Chinarro, muy querido también por la audiencia infantil, interpretado magistralmente por el actor Fernando Chinarro, que hacía de un tipo normal, que se veía envuelto en las locuras de los payasos, y se desesperaba con sus tonterías. Hay que decir también que las aventuras muchas veces tenían moraleja, y también las utilizaban para hacer pedagogía (aprender las tablas numéricas, por ejemplo).



LA CANCIÓN: Para terminar el espectáculo, los payasos cantaban una de sus populares canciones, siempre con la participación de los niños del público, y con la ayuda de sus instrumentos musicales. 


AQUELLAS INOLVIDABLES CANCIONES
          Vamos a reseñar tan solo algunas de ellas, las que nuestra generación más recuerda, y también comentaremos su intencionalidad, siempre didáctica o festiva, y, por supuesto, contextualizada a la época:
         HOLA DON PEPITO, HOLA DON JOSÉ: Es quizás la canción más popular junto con la que comentaremos después, La gallina turuleca. Habla de dos señores que se encuentran por la calle y se saludan. Ensalza el valor de la amistad y las buenas costumbres. Como en casito todas, contaba con la participación del público infantil haciendo de coro, y respondiendo al Hola Don Pepito… con un Hola Don José… ¿Pasó usted por mi casa?... Por su casa yo pasé…
         LA GALLINA TURULECA: Como ya hemos comentado, otra de las más recordadas. Tiene una intención didáctica, para ayudar a los más pequeños a aprender los números, porque cuenta la historia de una gallina que ha puesto un huevo, ha puesto dos y ha puesto tres…
         EL AUTO NUEVO: Es la canción por la que más se recuerda a Fofó, también la más divertida, y en la que los niños nos lo pasábamos en grande, porque aparte de cantar, había que hacer movimientos con las manos y el cuerpo (llevar el volante, el tunel, los baches, las curvas…). Su intencionalidad era sobre todo lúdica, aunque, como era constante en ellos, los payasos siempre ensalzaban los valores familiares, y también en este caso la prudencia en la conducción. El viajar es un placer, que nos suele suceder. En el auto de papá, nos iremos a pasear… Vamos de paseo, ¡pí, pí, pí!  Vamos con el semáforo… Rojo, amarillo y... ¡Verde!
                                             El auto de Papá con Fofó
         MI BARBA TIENE TRES PELOS: Es otra de las más divertidas porque es un juego en el que, a medida que avanzan las estrofas, hay que sustituir las palabras, barba y pelos, por gestos. Mi barba tiene tres pelos… Tres pelos tienen mi barba…
         COMO ME PICA LA NARIZ: Otro de los clásicos de su repertorio, en el que los niños tenían que estornudar. Cómo me pica la nariz… Ya no lo puedo resistir…
     DALE RAMÓN: La canción del niño futbolista. Dale Ramón, Dale Ramón… Chuta más fuerte para ver si metes gol…
         ASÍ PLANCHABA: Es una canción deliciosa, y también muy recordada, pero también es quizás por la que más ha pasado el tiempo, ya que reproduce los estereotipos asociados a las niñas, y al género femenino en general, en aquellos tiempos(lavar, planchar, cocinar, rezar… Así planchaba así así…), mientras, como hemos visto en la anterior, al niño se le ponía a correr, saltar y jugar al futbol. Era algo consustancial a los tiempos, espontáneo y nada intencionado por parte de nuestros queridos payasos, que nos querían igual a niños y niñas, y tienen muchas canciones dedicadas a ellas, como la siguiente.
         SUSANITA TIENE UN RATÓN: Es otra de las más recordadas, y también la favorita de Miliki. Susanita tiene un ratón… Un ratón chiquitín…  Aunque asociamos las canciones al conjunto de los payasos, es justo también decir que letra y música son casi siempre de Emilio Aragón padre, Miliki.
         SI TOCO LA TROMPETA: Si toco la trompeta, tara, tara tareta… Con esta canción, los payasos buscaban que los más pequeños conocieran los instrumentos musicales de forma divertida. A este respecto, siempre recordaremos a nuestro Miliki tocando una canción con niños puestos en fila a modo de teclado y con una campana cada uno. Él les tocaba el hombros y así iban nota a nota. ¡Qué momentos!
         FELIZ EN TU DÍA: Es otra de las más famosas, y que aún hoy cantamos a nuestros hijos junto al Cumpleaños feliz, en sus onomásticas. Feliz, feliz en tu día… Amiguito que Dios te bendiga… Que reine la paz en tu vida… Y que cumplas muchos más… Nuestros payasos eran entrañables, les adorábamos, y les adoramos, pero también reconocíamos y reconocemos, que eran bastante tradicionales y beatones. Era la España de entonces.

VALORACIÓN Y LEGADO
         Para un niño de entonces, que además tuvo la ocasión de ir de pequeño con el colegio a ver el rodaje de uno de los programas, os podréis imaginar la emoción que supone hacer este artículo homenaje. Fue una fría mañana de invierno de aquella España aún en blanco y negro. Nunca habíamos estado en un rodaje televisivo. Nos sorprendía todo, desde las cámaras grúa hasta las largas esperas, y las repeticiones. Los payasos tardaron una eternidad en salir, y luego hicieron la presentación por lo menos seis veces (debía ser para ver cuál quedaba mejor), hubo varias actuaciones circenses, un bocadillo más pan que chorizo con una Mirinda, y, para nuestra decepción, nada de Aventura. Y ese sábado por la mañana plantados delante del televisor para vernos, y no salimos, y troceados, hasta meses después. Otra decepción.
         Más adelante, allá por 2001 tuve la ocasión de conocer a mi ídolo de los payasos, el gran Miliki, en una rueda de prensa en la presentaba un libro. Llego tarde también, como todos los artistas, y diciendo ¿Cómo están ustedes? En mi turno, antes de la pregunta, le di las gracias “por la infancia que nos habían dado” a nuestra generación, a lo que él respondió emocionado, hasta tal punto que su gesto salió reflejado en los periódicos del día siguiente. Para él, ya anciano, éramos “sus niños de treinta años” a los que dedicó un CD de canciones.
         Años después, también tuve ocasión de dar las gracias a Rody, que vino con su circo a nuestro barrio. Se llenó de madres y padres cuarentones con hijos pequeños. En las canciones, pidió “un padre” y allí estaba yo para cantar Mi barba tiene tres pelos, junto a mi hijo, que se pegó al micrófono. Y Rody, sinceramente emocionado también, manifestó su sorpresa porque él también se la supiera.
         Como toda historia de payasos, esta también tiene que tener un punto triste, y es que el legado de estos iconos del circo y la televisión, no es un legado de unidad, sino de disgregación, porque los herederos han tomado caminos diferentes. Como ya hemos dicho, Emilio Aragón hijo es un reputado productor de televisión, compositor y director de orquesta, y encarna el legado de Miliki. Por otro lado están Los gabitos, que son hijos de Gaby, que también han sacado sus discos y han montado espectáculos. Y por otro lado, como ya también hemos reseñado, Rody, hijo de Fofó, y que encarna su legado.
         Pero nos quedamos con la magia de entonces, con aquellos recuerdos, con aquel se me luenga la traba, feliz año huevo, y… ¿Cómo están ustedes?... ¡Bien!
        
         Por Víctor Sánchez González @VictorSescritor













Dentro del laberinto (1986, Jim Henson) Labyrinth


James Maury “Jim” Henson, recordado por los teleñecos y por la miniserie “El cuentacuentos” produjo y dirigió dos películas imprescindibles en el imaginario de la infancia de toda una generación. “El cristal oscuro” (1982) y “Dentro del laberinto” (1986) son parte de ese catálogo mágico que formaron algunas películas de la década de los 80 como “Willow” (1988), “La historia interminable” (1984) o “La princesa prometida” (1987) (entre muchas otras que aportaron ese halo fantástico a toda una década). Ese cine fantástico tenía elementos en común, como el tipo de público al que iba dirigido, una potente banda sonora, la artesanía en los efectos, imaginación, fantasía y mucho cariño al hacerlas. Titiritero como fue (además de productor y director) siempre decía que sus expectativas, cada vez que entraba al cine, se simplificaban en salir un poco más feliz de lo que entraba. Con “Dentro del laberinto” lo consiguió. Aplaudiendo ese cine “palomitero” que nos hizo disfrutar en nuestra infancia, hay que decir que esta película, como muchas otras coetáneas, aguanta el paso de los años. Revisionarla es un placer, no solo para saciar el ansía de nostalgia, sino porque en sí misma es muy divertida y redonda. Además tienen a Bowie, y una jovencísima y muy bella Jennifer Connelly; imperdible.

 
Haciendo alusión a los protagonistas principales que no son títeres, como son Jennifer Connelly y Bowie, llegaron al papel de formas muy diferentes. Ella era relativamente desconocida aunque no del todo, porque ya había participado en una película llamada “Érase una vez América” (1984), y antes de eso había sido modelo infantil; de todas formas Bowie sí era ya una estrella estratosférica, a diferencia de la joven de 14 años, que en esa época decía haber querido ser veterinaria, carpintera y no actriz (el éxito le haría cambiar de idea). En el casting tuvo la competencia de Helena Bonham Carter, Jane Krakowski, Sarah Jessica Parker, Maddie Corman, Laura Dern, Lili Taylor, Ally Sheedy, Mia Sara y Marisa Tomei. Todo un catálogo del futuro de Hollywood.


En el caso de Jareth “el rey de los goblins”, Henson tenía en mente que fuera un títere, pero el fracaso en taquilla de “El cristal oscuro” (película totalmente integrada por muñecos) le hizo cambiar de parecer. Pensó en Michael Jackson, Mick Jagger, Sting o Prince. Finalmente una decisión propia, ayudada por sus hijos le hizo decantarse por David. Bowie, por su parte, había visto “El cristal oscuro” y no se lo pensó, ya que quedó fascinado con aquella película.

 
La interpretación de sus dos actores principales completó un equipo donde George Lucas (Lucasfilm) produjo, Jim Henson dirigió, Brian Froud fue el director artístico, Terry Jones el guionista, Frank Oz animador y Trevor Jones el creador de la banda sonora. En cuanto a Trevor Jones, hizo la fantástica música pero las canciones fueron compuestas por Bowie, uno de los reclamos más importantes de la película. Se rodó en estudio, más concretamente en Elstree (Hertfordshire, Inglaterra). El cuidado en el diseño de los escenarios y de los goblins es maravilloso, Brian Froud haría un trabajo sobresaliente junto a Henson para dotar de originalidad y movimiento a los títeres más importantes del filme. El Monty Phyton Terry Jones, guionista de la película, recibía diseños y dibujos todos los días para integrarlos en la historia. Un trabajo en equipo que salió bien, se hizo con cariño y resultó más que satisfactorio.

 
En cuanto a las influencias queda claro que Alicia en el país de las maravillas, véase el gusano que Sarah encuentra al principio de su periplo, la banda del fuego que pretende cortarle la cabeza y el sentido metafórico que durante la película se hace ver del crecimiento de su protagonista de niña a adulta, es la mayor del filme. El mago de Oz con la búsqueda de un destino para salvarse, el encuentro de acompañantes que la escoltan y le ayudan, también supone una referencia clara. Aquí la ciudad esmeralda es el castillo de los Goblins y Jareth supone una perversión de la imagen de “el mago de Oz”; en ambos casos, sin embargo, suponen el destino de sus protagonistas. Blancanieves y su “fruta prohibida”, la imagen de la manzana envenenada aparece con forma de melocotón en el laberinto. A nivel artístico hay referencias a Maurice Sendak (conocido escritor de cuentos como “Donde viven los monstruos” o “Al otro lado”, cuento que sirve de inspiración para el desarrollo creativo de esta película) y a Escher (pintor conocido por sus grabados xilográficos, los cuales buscan el concepto de irrealidad y de infinito). En el encuentro final, el interior del castillo es un cuadro de Escher, con escaleras encontradas que no llegan a ninguna parte y que, al mismo tiempo, llegan a todos sitios. Esto representa ese laberinto que es el interior de Sarah, el cual se debate entre quedarse anclada o madurar, entre seguir siendo una niña rodeada de fantasía (seguramente para huir del abandono de su madre) o crecer hasta la edad adulta. El laberinto, y ya no me refiero solo al final de la película, supone para Sarah un ejercicio obligado, un trabajo impuesto por la responsabilidad y por los adultos, empezando por su padre y madrastra que le obligan a cuidar de su hermano, hasta la figura del rey de los goblins que le obliga a sucumbir o a vivir, a luchar por su vida y la de su hermano, o caer en el sopor de la ignorancia y la ingenuidad. Dentro del laberinto Sarah tendrá que tomar decisiones, dejar que su hermano se convierta en goblin o rescatarlo, elegir la puerta de la izquierda o la de la derecha, subir o bajar en el pozo de las manos, confiar en Hoggle o no hacerlo. Madurar supone tomar decisiones y la película es en su integridad un avance hacia la madurez.


 Un momento clave que define el papel que ella tomará durante toda la película, eso sí con tentaciones que la harán dudar, es cuando al principio Jareth le enseña el laberinto que tendría que cruzar en trece horas para llegar al castillo, y así poder salvar a su hermano. El rey de los goblins le advierte que no hay vuelta atrás, dejando claro que cuidar de su hermano supondrá esa adquisición de madurez que la alejará de la infancia. Una auténtica pena, dice Jareth, una frase que parece hacer referencia a la pérdida de inocencia que supondrá cruzar el laberinto. Como si de un espejo se tratase, todo lo que ocurre en el laberinto ocurre, en cierta manera, en la realidad. Salvar al hermano allí supone el compromiso de cuidarlo en la vida real, que se convierta en goblin supone el miedo a la pérdida, a la muerte o al abandono, como el que sufrió de su madre; el rey de los goblins supone la atracción sexual, otro indicio de madurez en la adolescencia de Sarah.

Hay un momento maravilloso conde Sarah es tentada a seguir una parodia de su vida, de su habitación, sin compromisos y viviendo una vida ficticia imitadora del pasado y cuyo sentimiento sustentador y único es la melancolía. La anciana que quiere convencerla no deja de ser una infeliz que se quedó allí encerrada, que aceptó, que incluso podría ser ella, o que es ella. Se hace referencia al apego a las cosas que le recuerdan la niñez como muñecos, cuentos… formando una pesada carga en la espalda del personaje y no dejándole avanzar por el peso. Es donde se encuentra cómoda, donde solo tenía que pensar en jugar a ser princesa, en estar con su madre y no tener responsabilidades. Pero el tiempo es inexorable y aunque no se quiera, uno deja ser un niño para convertirse en adulto. 


Como decíamos, no solo la responsabilidad de cuidar a su hermano le hace madurar, sino que el despertar sexual también es relevante. La escena del baile ocurre en la mente de Sarah y refleja cómo se siente atraída por Jareth y todo lo que le rodea. Sin embargo no solo hay atracción sino miedo a lo desconocido. El baile es la única escena dentro del laberinto donde solo hay personas. Todos son adultos disfrazados como en un carnaval veneciano del siglo XVIII, representando la perversión y el sexo; con máscara de goblins, mostrando la fealdad de la madurez, del paso de la niñez a la adolescencia y afeando el tránsito y cambios que sufre el cuerpo, pero también mostrándole a Sarah el placer y el gusto por lo erótico. “As the world falls down” suena mientras Bowie y Connelly bailan rodeados de lujo y sin refererencias a lo infantil. Todo supone un divertimento adulto y Sarah se deja seducir.


En cuanto a Bowie, su estética, sus movimientos, sus canciones, hacen de Jareth un icono del cine. Todas las canciones son compuestas por él y es muy recomendable escucharlas, porque tienen el estilo característico de “El Duque Blanco”. Michael Moschen, malabarista, fue el encargado de doblar a Bowie en el manejo de las bolas de cristal; esta virtud dota al personaje de un halo mágico pero también de la sensación de controlar la hipnosis como medio de influencia sobre las mentes más débiles. Es un personaje atractivo y poderoso que le gusta divertirse y que quiere que quienes le rodean le alaguen y le acompañen en su mundo idealizado. Es un Peter Pan perverso que quiere raptar a Sarah para que esté a su lado para siempre. Toby Froud, hijo del diseñador y director artístico Brian Froud fue el partenaire en la mayoría de las escenas para Bowie y Connelly. Hay una anécdota sobre él y es que el bebé (Toby Forud) no solía hacer ningún ruido, no solía llorar ni reír cuando estaban en escena y Bowie tuvo que doblar esos sonidos, haciéndolos él mismo. Por otro lado el símbolo de la lechuza, representa a Jareth, pero también representa la sabiduría, la que aporta la madurez, y de la que carece, en el principio, Sarah. La lechuza se convierte, así, en un símbolo representativo de lo que va alcanzando Sarah en su deambular por el laberinto.

 
La habitación de Sarah es otro personaje en la película, o más bien es toda la película. El laberinto es la imaginación de Sarah, es la madurez, los anhelos, los deseos, la nostalgia, el recuerdo, el apego y la pérdida. Todo está en su habitación, desde un cuadro de Escher (lo último que seguramente como niña pondría en su cuarto y el último escenario que pisa dentro del laberinto), un muñeco del rey de los goblins, un cuento de “Donde viven los monstruos” que recuerda a Ludo… Cosas que son el pasado de Sarah y de las que irá desprendiéndose, sin olvidarlas pero no con la unión que te lastra sino con la que te hace ser mejor y más libre. Porque la película no defiende que olvides tu infancia sino que forme parte de tu avance sin anclarse en una época pasada que pudiera parecer más feliz.

  
La película es técnicamente una maravilla. Se puede usar como contrapunto al uso del CGI excesivo, como ejemplo del uso de la imaginación frente al ordenador, y esto sabiendo que la lechuza de los créditos es el primer animal realista hecho íntegramente por CGI. El resto de la película, obviamente, es artesanía, maquillaje, títeres, decorados y magia. El personaje de Hoggle, interpretado por una actriz llamada Shari Weiser, disponía de una cabeza animatrónica con 18 motores y cuatro técnicos manejándola, el títere más complejo hasta la fecha.

 
Solo en la escena de la sala del rey cuando suena la fantástica canción “Magic dance” hay 48 títeres a la vez interactuando con Bowie. Ludo pesaba inicialmente 45 kilogramos, y se tuvo que reconstruir para rebajar el peso a 33 kilos porque lo llevaba una sola persona (aunque dos actores se turnaban). Y el Humongous, que es el robot gigante que sale de una de las puertas finales que impiden el acceso al castillo, se convierte en la marioneta más grande que se hubiera fabricado hasta entonces. Tenía 4’5 metros de alto y se movía a través de una tecnología del movimiento basada en hidráulicos. El esqueleto era de metal y el exterior de goma- espuma, para evitar que el peso se disparase.

Muchos esfuerzos que no lograron que fuera un éxito en taquilla. Fue un fracaso que se compensó con el éxito que adquirió posteriormente en su distribución en video; pero fue un fracaso de esos que después se convierten en una película de culto, una película “palomitera”, divertida, mágica, que consumíamos de niños y que aún hoy disfrutamos por una cosa que no surge siempre, y que es la magia.

Por increíbles peligros e innumerables fatigas, me he abierto camino hasta el castillo más allá de la ciudad de los goblins, para recuperar el niño que me has robado. Porque mi voluntad es tan fuerte como la tuya y mi reino igual de grande. Porque mi voluntad es tan fuerte como la tuya y mi reino igual de grande…” Vaya, nunca consigo recordar ese párrafo… “No tienes poder sobre mí“.


Por MOANBE




Mi guardaespaldas (1980, Tony Bill) My Bodyguard


Poco conocida muestra de cine juvenil que supuso el debut del director Tony Bill (quien desarrolló la mayor parte de su carrera en televisión) y que dio a conocer a jóvenes promesas como Chris Makepeace, Adam Baldwin, Joan Cusack, Jennifer Beals (la protagonista de Flashdance, pero sin acreditar), o a Matt Dillon en uno de sus primeros papeles y del que se aprovechó su futura fama para plasmarlo en primer plano de la portada de algunas ediciones de la película como si él fuese su protagonista...


El guardaespaldas puede bien considerarse una de las precursoras del cine juvenil de los ochenta, pero exenta de los adolescentes estereotipados y en ocasiones descerebrados que poblaban muchas producciones del género. Al contrario, su tratamiento recuerda a los trabajos de John Hughes (yo diría que se le adelanta) al mostrarnos unos jóvenes entrañables, cercanos y creíbles y nos relata una historia, aparentemente superficial, que nos desvela sus motivaciones y sentimientos más profundos además de exponer un tema tan de auge actualmente como es el acoso escolar . Así, la relación de amistad que surge entre Clifford (Chris Makepeace) y el temido Linderman (Adam Baldwin) a raíz del acoso por parte de Moody (Dillon) y sus secuaces a Clifford, nos mostrará la verdadera cara de Linderman (excelente papel de un Baldwin alejado de los derroteros a los que nos tiene acostumbrados), un supuesto matahombres que resulta utilizar esta máscara por haber experimentado una traumática situación pasada, siendo en realidad un chico noble, tranquilo y gran persona.

Muy recomendable para todos aquellos que quieran ver otro tipo de cine juvenil ochentero.


GERMÁN FERNÁNDEZ JAMBRINA






TRAILER

Noche de miedo (1985, Tom Holland) Fright Night



 
 Los cuerpos de varias chicas jóvenes aparecen en la ciudad. Charly Brewster, un adolescente con las hormonas a punto de ebullición, sospecha que su nuevo vecino, Jerry, es el asesino;  pero no un asesino normal, sino un vampiro. Por supuesto, su novia Amy, su madre y su amigo “ Rata” permanecen incrédulos ante la teoría de Charly, e incluso el gran Peter Vincent, un matavampiros de película en horas bajas al que recurre como medida desesperada, le toma por loco. Pero Charly sabe que bajo la encantadora fachada de Jerry Dandrige se esconde un verdadero chupasangre. 

Noche de miedo supone la reinvención de un subgénero de capa caída y que películas como “El ansia” (1983), “Mordiscos peligrosos” (1985), “Jóvenes ocultos” (1987) o “Los viajeros de la noche” (1987) – cada una en su estilo- pondrían de nuevo en la palestra.  “Noche de miedo” trata de acercarlo al terreno juvenil tan propio de los ochenta e imbuirle un humor cargado de autoreferencias que recuerdan a un gran homenaje/parodia como es “El baile de los vampiros” (1967), aunque,  en este caso, sin dejar de ser una película de terror.

  ¡Soy Peter Vincent, el matavampiros!
 Así, uno de sus puntos fuertes es precisamente esa continua parodia/homenaje al cine de vampiros característico de la productora Hammer y que encuentra en el personaje Peter Vincent (Roddy McDowall) su encarnación (no por casualidad el nombre proviene de dos grandes “monstruos” del cine de terror: Peter Cushing y Vincent Price). Peter Vincent, una de las bazas fuertes de la película y mi personaje favorito de Noche de miedo,  es un actor pasado de moda que sobrevive presentando un programa que emite viejas películas de terror (Noche de miedo) que ya nadie- excepto Charly- ve. Y es que según sus propias palabras: “Los jóvenes sólo quieren ver locos furiosos con la cara cubierta haciendo picadillo a chicas vírgenes”. Esto, como no, no es más que una claro guiño a la oleada de “slashers” que inundó el género de terror de los ochenta a raíz de “Halloween” (1978). Vincent, pese a su reticencia inicial, se verá obligado a aceptar su papel ficticio y enfrentarse en “la realidad” a uno de los seres que tantas veces ha matado en sus películas. La diferencia es que ni él es tan valiente como su personaje de celuloide - y ni siquiera cree en los vampiros- ni su enemigo se mostrará  tan vulnerable como las vampiresas que mata hasta con la estaca empuñada al revés.

Y así llegamos a la otra novedad que “Noche de miedo” nos presenta con respecto a otras películas: el personaje de Jerry Dandrige (Chris Sarandon). Un “hombre” refinado, atractivo, seductor y aparentemente encantador  – a quien para más inri, entre víctima y víctima, vemos hincar el diente  a varias piezas de fruta- que pasa completamente desapercibido y que constituye la antítesis del arquetipo acartonado y anacrónico al que el cine nos tiene acostumbrados. Una ruptura del estereotipo que, por otra parte, podemos ver en la vampira que acechaba a Jim Carrey en  “Mordiscos peligrosos” (1985), pero que sin duda tiene su origen en la pareja de sofisticados chupasangres  de “El ansia” (1983) y que continuarían por otros derroteros más modernos (macarras, si se quiere) los vampiros de “Jóvenes ocultos” o los de “Los viajeros de la noche”, ambas de 1987, conformando una selección de auténticos vampiros del siglo XX.


Además, los amantes del terror gozarán de la gran fuerza que despliegan las escenas más escabrosas - en gran parte gracias al magnífico maquillaje de Ken Díaz (La Cosa, Piratas del Caribe)- como la del ataque en casa de Charly, los enfrentamientos entre Peter y "Rata", o la"batalla final" en la guarida del no muerto. Una atmósfera bien lograda que complementan a la perfección la composición musical de Brad Fiedel (Terminator 1 y 2, “Mentiras arriesgadas”) y una buena ambientación a caballo entre lo "moderno" y lo "retro". Todo ello bajo la dirección de un Tom Holland (quien repitió éxito al mostrar al mundo uno de los iconos más conocidos del cine de terror, Chucky, "El muñeco diabólico", 1988)que escribió y dirigió la que para mí es su mejor película. Por poner un pero, me resulta un poco descafeinada la "intrusión" del idilio entre Amy y Jerry; aunque gracias a esto se logren las hipnóticas escenas del baile y de la "conversión" de Amy. 

¿He de decir que me encanta esta película?

Por cierto, en 2011 se perpetró un "remake" protagonizado por Colin Farrell, pero esa es otra (desgraciada) historia.

GERMÁN FERNÁNDEZ JAMBRINA

 


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