Presentación

Amantes de mundos fantásticos, bisoños aventureros en busca de tesoros, criaturas de la noche, princesas estudiantiles y fanáticos de cachas de postín, ¡sed bienvenidos!. Invitados quedáis a rebuscar en nuestra colección de VHS, acomodar vuestras posaderas en una mullida butaca, darle al play, y disfrutar de lo bueno, lo malo y lo peor que dieron estas décadas.

ADVERTENCIA: Aquí no se escribe crítica cinematográfica (ni se pretende). Las reseñas son altamente subjetivas y el único objetivo es aprender y disfrutar del cine y, por supuesto, de vosotros.
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El final de la cuenta atrás (The final countdown, 1980)


Ochenters, vamos a comentar una pequeña joya del principio de la década, que mezcla fantasía y ciencia ficción con cine bélico-histórico, y todo ello en medio de una paradoja espaciotemporal. Hablamos de “El final de la cuenta atrás”, de 1980, dirigida por Don Taylor, y producida y protagonizada por Kirk Douglas, junto a estrellas del momento como Katherine Ross, Martin Sheen, James Farentino o Charles Durning.
        
EL ARGUMENTO Y LOS PERSONAJES
         “El final de la cuenta atrás” se ambienta en el momento presente, primavera de 1980. El superportaaviones “USS Nimitz” parte de su base en Pear Habour, Hawaii, junto con su grupo de navíos de escolta, al mando del veterano capitán Matthew Yelland (un espléndido, como siempre, Kirk Douglas, que combina la seriedad y el rigor de un capitán de barco, con su habitual campechanía y sentido del humor).
Todo es como en cualquier otra misión rutinaria salvo que a bordo viaja un observador civil enviado por el gobierno, Warren Lasky (interpretado por Martin Sheen, entonces en la cima de su carrera tras haber protagonizado “Malas tierras” y “Apocalipse Now”). A Lasky le asignan un camarote contiguo al del comandante Dick Owens (el televisivo James Farentino, al que recordamos por la serie “El Trueno Azul”), piloto de combate e historiador de guerra obsesionado con el ataque a Pearl Harbour de junio de 1941, del que almacena abundante documentación.

Cuando la flotilla se encuentra en alta mar, el meteorólogo del barco, al que el capitán apoda de forma jocosa “Nube Negra”, advierte de una rápida, violenta e inesperada tormenta que se dirige directamente hacia ellos. Sin tiempo casi para reaccionar, Yelland ordena al resto de la flota que se aleje de la tormenta, mientras el portaaviones, más pesado y difícil de maniobrar, mantiene proa a la misma para enfrentarla. La tormenta es un fenómeno extraño, un gigantesco vórtice de color azul verdoso que engulle al navío en medio de un ruido infernal. 
Cuando termina, el día vuelve a ser soleado y con el mar en calma. Como no hay señales de la flotilla, el capitán ordena salir a los aviones en su búsqueda. En la patrulla, dos cazabombarderos F-14 Tomcat, informan por radio de un encuentro inesperado: una pareja de aviones de otra época, en concreto del modelo Mitsubishi A6M, apodado “Zero”, el emblemático caza japonés de la Segunda Guerra Mundial, “y parecen nuevecitos”, comenta el piloto sorprendido, “con todos los emblemas e insignias”. 
Los Tomcats reciben la orden de seguir a los cazas, que, al avistar un yate de recreo con bandera estadounidense, le atacan para hundirlo. Sorprendidos, los pilotos piden permiso para interceptar a los cazas japoneses, y los abaten sin dificultad. Uno explota completamente, pero del segundo consigue salvarse el piloto. Los helicópteros de rescate del portaaviones van a buscarlo, y también a los supervivientes del barco.
Del yate consiguen salvar a un hombre de mediana edad, una mujer joven y un perro, que rescata el comandante Owens lanzándose al agua. El hombre se identifica como el Senador Samuel Chapman (Carles Durning, en uno de sus clásicos roles secundarios), al que acompaña su secretaria Laurel Scott (la estrella de los setenta Katharine Ross, a la que antes vimos en “Dos hombres y un destino” o “El viaje de los malditos”, y que, casi de inmediato se va a convertir en el interés amoroso del personaje de James Farentino).
Ambos náufragos se muestran sorprendidos por lo que ven y escuchan al ser rescatados. “¿Qué tipo de aparato es este?”, pregunta Chapman cuando le suben al helicóptero, “¿Cómo un portaaviones va a llevar el nombre de un almirante en activo?”. Por su parte, el piloto japonés (interpretado por Soon-Tek Oh), perfectamente pertrechado, se niega a hablar y es tratado como un prisionero, tanto que incluso intenta escapar tomando a Laurel como rehén y termina abatido.
Tras evaluar la situación, el capitán Yelland hace un aparte con Lasky, Owens, y otros oficiales, y llegan a una misma conclusión: por alguna razón desconocida, la extraña tormenta ha trasladado al portaaviones al pasado en el tiempo, en concreto a la víspera del 6 de diciembre de 1941, del ataque japonés a Pearl Harbour, que desencadenaría la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Para confirmarlo, un avión de reconocimiento localiza a la flota japonesa, que coincide con la que el comandante Owens guarda en su archivo.
Ante esta situación, el capitán se encuentra ante un dilema, una disyuntiva: destruir la formidable flota japonesa y sus cientos de aviones (algo factible con la capacidad de un solo portaaviones moderno y su potente y sofisticado armamento), lo que salvaría miles de vidas, pero cambiaría para siempre la historia, o permanecer quieto sin hacer nada y dejar que los acontecimientos sigan su curso sin intervenir para no modificarlos. Todo un dilema y una paradoja espaciotemporal. 


LOS AVIONES COMO PROTAGONISTAS
         La película contó con el apoyo total de la marina estadounidense, que cedió para el rodaje el propio portaaviones Nimitz, y los escenarios originales de las bases de Pearl Harbour o Norfolk.
En la película se mostraron casi por primera vez en acción los recién estrenados cazabombarderos estrella de la NAVY, los por entonces modernos y futuristas F-14 Tomcat (en ese aspecto se adelantó a títulos icónicos de los 80 como “Top Gun”). Estos cazas eran la “joya de la corona” del ala embarcada de Estados Unidos, y lo fueron hasta la llegada de los F-18 Hornet una década después.
Los aviones aparecen despegando, repostando en vuelo, y, por supuesto, en combate, aunque fuera contra aviones de época. Por cierto, los Zero japoneses que se utilizaron para la película son las mismas réplicas construidas para el clásico de 1971 “Tora, Tora Tora”, la película histórica sobre el ataque a Pearl Harbour que hicieron a medias EE. UU. y Japón y que dirigieron Richard Fleischer, Kinji Fukasaku y Toshio Masuda.
         También se muestran el resto de aeronaves del portaaviones, los cazas RF-8 Crusader, los bombarderos ligeros A-6 Intruder, el avión de reconocimiento E-2 Hawkeye, o el helicóptero de rescate Sea King.


UBICACIÓN DENTRO DEL CINE DE VIAJES EN EL TIEMPO     
         Aparte del componente de aventura bélica, la película se sitúa dentro del cine de ciencia ficción, subgénero viajes en el tiempo, deudora de los clásicos de la literatura del siglo XIX y XX, en especial de la novela de H. G. Wells “La máquina del tiempo”, y su deliciosa versión cinematográfica de 1960, dirigida por George Pal, y protagonizada por Rod Taylor e Yvette Mimieux, que aquí se tituló “El tiempo en sus manos”.
         Al contrario que en ella, y que en la mayoría de títulos (el ejemplo más claro es su emblemática versión ochenter  “Regreso al futuro” o “Terminator”), en este caso el viaje en el tiempo no se produce de forma consciente y deliberada gracias a un ingenio inventado por el hombre, ya sea “máquina” o Delorean, sino por un acontecimiento ajeno y aleatorio, un fenómeno atmosférico, incluso cósmico, un vórtice temporal, un “agujero de gusano”, que lo acercaría más a títulos como “2001, una odisea en el espacio” o la posterior “Stargate” (aunque, en este caso, sin que los viajeros tengan control alguno sobre su destino).


CONCLUSIÓN
“El final de la cuenta atrás” fue la última película de Bryna, la productora de Kirk Douglas, que ya por entonces era todo un veterano con más de cuatro décadas delante de las cámaras, y aún seguiría sobre el escenario dos décadas más. De hecho aún tenemos la suerte de contar con él, ya superados los cien años de edad.  
El film tuvo una buena acogida tanto de crítica como de público, y hoy es un pequeño clásico, tanto del cine bélico y de aventuras como del de ciencia ficción. Para los que la vimos en el cine de estreno, es un gusto revisionarla siempre que la reponen en televisión. Tiene ritmo, un buen argumento y una fotografía espectacular tanto de paisajes como de escenas aéreas y de acción.

Por Víctor Sánchez González




Amanecer rojo (Red dawn, John Milius, 1984)


Ochenters, tras el comentario de todo un clásico del cine de aventuras, El viento y el león (1975), con el que iniciamos la serie dedicada al maestro John Milius, seguimos con su clásico ochenter Amanecer Rojo, de 1984.
Un film muy propio del ambiente prebélico de la paranoia de la Guerra Fría, y para el que contó con la nueva hornada de jóvenes actores que triunfarían a lo largo de la década, como Charlie Sheen, Lea Thompson, C. Thomas Howell o la pareja de “Dinty Dancing”, Jennifer Grey y Patrick Swayze, acompañados de solventes veteranos como Harry Dean Stanton (Alien), Powers Boothe (La selva esmeralda), el veterano del western Ben Johnson, o el villano Falconetti de Hombre rico, hombre pobre, William Smith.

ARGUMENTO Y AMBIENTACIÓN

         La cinta coincide con una ola de películas de temática relacionada con la Guerra Fría, la dinámica de bloques y enfrentamiento con la URSS, muy propia del momento histórico, y auspiciada por la retórica belicista de la administración Reagan, que da como fruto un cine de acción proclive a sus tesis, con títulos como Invasión USA con Chuck Norris o Rambo III con Stallone.
         En este ambiente, un reconocido republicano como John Milius, encuentra el perfecto caldo de cultivo para Amanecer Rojo, que, casi inmediatamente, recibió un aluvión de críticas del Hollywood liberal cercano al partido demócrata, por su maniqueísmo, y su tono propagandístico, casi panfletario.
         La película, hay que reconocerlo, parte de un planteamiento delirante e inverosímil  incluso para la época: un formidable ejército ruso-cubano que invade y ocupa Estados Unidos por sorpresa y con pasmosa facilidad, ante la pasividad de Europa y el resto del mundo.
         Sorprendidos por la invasión de paracaidistas enemigos en pleno invierno, un grupo de jóvenes de un pueblo de Colorado, escapan a la montaña y se organizan como una eficaz resistencia que consigue poner en jaque a los invasores comunistas, retratados siempre como seres abyectos y sin alma.
         A partir de ahí, Milius nos ofrece un film de aventuras bélicas con tintes adolescentes, a ratos espectacular, con intensidad y ritmo, algo plano en argumento y personajes, y con manifiesta carga ideológica.

LOS “WOLVERINES”
         Son los jóvenes protagonistas, convertidos en comando, que adoptan ese sobrenombre para su equipo. Lo componen Jed Eckert, un jovencísimo Patrick Swayze que, sin embargo, es el veterano y líder del grupo, su hermano Matt (un Charlie Sheen casi infantil), junto a sus amigos Robert Morris (C. Thomas Howell), Danny Bates (Brad Savage), Daryl Bates (Darren Dalton) y Aardvark Mondragón (Doug Toby).
         Tras equiparse apresuradamente en una tienda de deportes con armas de caza, huyen a la montaña en el todoterreno de Jed, y se organizan para una resistencia activa, a la que se unirán dos jovencitas: Toni (Jennifer Grey), y Erica (Lea Thompson), que su abuelo escondía en el subsuelo de su granja.
         Pronto, los Wolverines se convierten en la pesadilla de los invasores. Apoyados en su conocimiento del terreno, atacan por sorpresa y se retiran, en la clásica táctica de guerrillas.
         En una incursión, rescatan a un piloto de las fuerza aérea estadounidense, el teniente coronel Andrew Tanner (Powers Boothe), que les informa de la marcha de la guerra, y les da formación táctica, antes de morir en un enfrentamiento con tanques (por cierto, los carros de combate soviéticos T-72 que aparecen en la secuencia, fueron replicados basándose en informes confidenciales de la CIA).
         El personaje de Boothe es, sin duda, el de mayor calado y potencial del film, y el actor se quejó de que, en el primer guión, aun siendo un militar patriota, tenía un punto antibelicista y razonable que equilibraba y daba vigor al argumento, pero que finalmente fue desechado por Milius en el corte final.

          A lo largo de la película, y ya con armamento militar del enemigo y mejor experiencia, los Wolverines comienzan a realizar incursiones de mayor calado, hasta tal punto que el ejército invasor se ve obligado a destinar a su captura a un curtido comando de élite, liderado por el Coronel Strelnikov, alias El cazador (William Smith).


RODAJE Y REPERCUSIÓN
         La película contó con un presupuesto inicial de 11 millones de dólares, que subieron finalmente a 19. Se rodó en su mayor parte en Nuevo México, la ciudad de Dallas (en la que se ambientó la localidad de Calumet, Colorado), y el Parque Nacional Arapahoe. La acogida de público fue favorable al principio, pero fue decayendo muy pronto, aunque consiguió recaudar más de 30 millones de dólares.  
Amanecer Rojo es sin duda un film a considerar, y que los ochenters vemos con cariño. Sin embargo, no termina de resultar creíble precisamente por su falta de rigor y matiz, y se queda en lo que en aquella época se llamaba “una americanada”. Por ello, muchos la consideran un borrón en la impecable carrera del que fuera director de “El viento y el León”, y guionista de “Conan el bárbaro” o “Apocalipse Now”. También se consideró un borrón en las carreras del elenco de actores, que, ya convertidos en estrellas, muy a menudo, en las ruedas de prensa, tenían que responder a preguntas del tipo ¿cómo pudiste participar en algo como Amanecer Rojo”?.
En homenaje al film, el ejército americano denominó Operación Red Dawn la captura de Saddam Hussein en la Guerra de Irak, y los objetivos eran Wolverine 1 y Wolverine 2. La razón esgrimida fue que se trataba de una “película patriótica y pro americana”, lo que llenó de orgullo al propio Milius, ya enfermo, que se mostró honrado por el gesto.
Además, la película ha tenido influencia en filmes posteriores, en especial en la película australiana Mañana, cuando la guerra empiece (2010), en la que un ejército del lejano oriente invade Australia, y son repelidos desde la montaña por otro grupo de jóvenes. También se hizo un remake en 2012 con Chris Hemsworth como protagonista y los norcoreanos como enemigos.

Por Víctor Sánchez González








El viento y el león (The wind and the lion, John Milius, 1975)


Ochenters, os traemos el comentario de todo un clásico del cine de aventuras, El viento y el león, con el que iniciamos una serie dedicada al maestro John Milius en la que también comentaremos su clásico ochenter Amanecer Rojo.
La película está protagonizada por Sean Connery y Candice Bergen, en los papeles principales, acompañados, entre otros, por Brian Keith y John Huston.

AMBIENTACIÓN HISTÓRICA
         La película se basa en un incidente que ocurrió en realidad, el secuestro del comerciante norteamericano de origen griego Ion Hanford Perdicaris y su hijo, en mayo de 1904, por parte del líder rebelde Mulei Ahmed al-Raisuli, un personaje singular, mitad bandido, mitad líder carismático, y aspirante al trono de Marruecos. En el incidente tuvo que intervenir el propio presidente Theodore Roosevelt, en plena campaña de reelección (como se refleja en la película). 
       El pesidente mandó una escuadra de buques a las costas marroquíes para forzar al sultán a que pagara el rescate de 70.000 dólares bajo la proclama “Perdicaris vivo o Raisuli muerto”. Al final el sultán accedió, y El Raisuli fue recompensado, pero pronto cayó en desgracia y volvió a las montañas. Hubo un momento en que El Raisuli hostigaba a los franceses en el sur y Ab-El-Krim a los españoles en el norte.
Este suceso que inspira la trama, conocido como el incidente Perdicaris,  fue recogido por la historiadora  Barbara Tuchman en un artículo de la revista American Heritage, y relatado también en el libro de Rosita Forbes, The sultan of the mountains; the life story of Raisuli, escrito en 1924.
Para la película, y en un alarde de ingenio y habilidad, John Milius sustituyo la insulsa figura del maduro comerciante, por la atractiva Eden Perdicaris, interpretada por la bellísima Candice Bergen, lo que añadía además, una tensión sexual permanente con el personaje de El Raisuli (Sean Connery en uno de sus mejores personajes).
         Cineasta antes que historiador, Milius se tomó todavía más licencias a la hora de contar la historia. Por ejemplo, añadió de su cosecha la marcha en perfecta formación, y entrada triunfal a tiro limpio, de una escuadra de marines en el palacio del sultán, una secuencia espectacular desde el punto de vista cinematográfico, sin duda, aunque, en la realidad, desembarcaron un número muy pequeño de marines, provistos de armas cortas, y solo para proteger el consulado estadounidense. También incluyó la presencia de tropas alemanas del Kaiser en territorio de Marruecos, cosa que no sucedió y carece de rigor histórico.
Lo que si queda retratado con bastante fidelidad es la personalidad y carisma del líder tribal El Raisuli, si bien su aspecto real difería un poco del de  Connery, algo, por otra parte, habitual en Hollywood.
También se refleja con precisión cómo el continente africano, en plena era colonial, era una tarta que se intentaban repartir las viejas potencias europeas, franceses, ingleses, belgas, alemanes, mientras potencias emergentes como EE. UU., o Japón eran “convidados de piedra”.
         Además de rezumar toda la esencia del cine de Milius, El viento y el león también recoge el legado de la gran novela de aventuras de Verne o Kipling, y de clásicos del celuloide como Gunga Din, Las cuatro plumas, o La fortaleza escondida de Kurosawa.

RODADA EN ESPAÑA
         Milius quiso dotar a la película del ambiente de grandiosidad y orientalismo de clásicos como Lawrence de Arabia o El Cid. Por ello eligió los escenarios de Almería, Sevilla y Madrid, para rodar la mayor parte del film (como haría posteriormente para su epopeya épica Conan el Bárbaro, en 1980, rodada íntegramente en España). También se desplazó a Tanger y Fez para rodar las espectaculares escenas de desierto y playa, aunque la mayor parte del equipo y los extras siguieron siendo españoles. Por cierto, el grupo de marines que asalta el palacio son en su mayoría soldados españoles de reemplazo, y, curiosamente, las escenas en las que el presidente Roosevelt (un excelente y muy bien caracterizado Brian Keith), aparece cazando en Yellowstone, se rodaron en la sierra de Madrid.

LOS PROTAGONISTAS
         Para los personajes principales de la película, Milius, pensó, en un primer momento, en Omar Sharif como Raisuli y Faye Dunaway como Eden Perdicaris, pero el actor egipcio no aceptó, y Dunaway estaba enferma. Pensó entonces en Anthony Quinn, que sin duda hubiera bordado el papel, pero al final recayó en un espléndido Sean Connery, sin duda en una de sus mejores interpretaciones.  Milius, reconoció que había escrito el personaje de Eden pensando en Julie Christie (reviviendo así la pareja Sharif-Christie de Doctor Zivago), sin embargo, Candice Bergen lo encarna a la perfección con esa sutil mezcla de sensibilidad y firmeza que aporta al personaje.
         Milius también quiso contar con Orson Welles, que interpretaría al mismísimo Charles Foster Kane, de Ciudadano Kane, pero el personaje ficticio era propiedad de la RKO y no pudo usarse, por lo que la cosa se diluyó, y se conformó con apareciera el personaje real que lo inspiró, William Randolph Hearst, queriendo influir en el presidente Roosevelt (Brian Keith). También podemos ver al director John Huston, en su faceta de actor, como uno de los colaboradores del presidente, el secretario de estado, John Hay. Incluso aparece en un cameo el propio John Milius, conocido aficionado a las armas, como un oficial alemán que muestra al sultán de Marruecos el funcionamiento de la ametralladora Maxim. Y, como curiosidad, el capitán del pelotón de marines es Steve Kanaly, que luego se haría famoso en televisión como el capataz del rancho de los Ewing en Dallas.  


CONCLUSIÓN
         La película tuvo una excelente acogida de crítica y público, y hasta fue alabada por el entonces presidente de EE. UU., Gerald Ford. Obtuvo dos nominaciones a los Óscar, una de ellas por la excelente banda sonora de Gerry Goldsmith (inspirada claramente en la partitura de Maurice Jarre para Lawrence de Arabia), pero aquel año competía con la imbatible y mítica Tiburón de John Williams, que se llevó la estatuilla.
Hoy en día,  El viento y el león está considerada todo un clásico, y uno de los films emblemáticos de su director, el gran John Milius.

Por Víctor Sánchez González

Próximamente AMANECER ROJO (1984)







El año que vivimos peligrosamente (A Year of Living Dangerously, Peter Weir, 1982)



El año que vivimos peligrosamente es una intriga romático-periodística de ambientación histórica dirigida en 1982 por el australiano Peter Weir (Único testigo, El club de los poetas muertos, El show de Truman), y protagonizada por su actor fetiche de entonces, un joven Mel Gibson con el que acababa de hacer Gallipoli, la siempre espléndida Sigouney Weaver, convertida en estrella poco antes gracias a Alien, y una sorprendente Linda Hunt, que se alzó con el Óscar a mejor actriz de reparto por su papel en esta película.

AMBIENTACIÓN HISTÓRICA

         La película está ambientada en la convulsa Indonesia de 1965, con el primer mundo inmerso en la Guerra Fría, y el Tercer Mundo en pleno proceso de descolonización, con protagonistas como Sedar Shengor en Senegal, Patrice Lumunba en el Congo, Gandhi o Nerhu en India, Nasser en Egipto, o Ho Chi Mihn en Indochina. Algunos, verdaderos líderes carismáticos, y otros, despiadados dictadores, como el indonesio Sukarno, que, sin embargo, gozaba de cierta popularidad tanto dentro como fuera de su país, sobre todo por auspiciar, junto con Nerhu y Nasser, el conocido como Movimiento de Países no Alineados (alternativa al eje Oriente-Occidente, Estados Unidos-URSS), en torno a la Conferencia de Bandung, y al que luego se unirían en la de Belgrado países como Yugoslavia y Cuba.
         Sin embargo, la situación interna en Indonesia  en 1965 es un polvorín político y social. Yakarta es una ciudad superpoblada, llena de suburbios en los que imperan la pobreza, el hambre, y las enfermedades, mientras el dictador Sukarno dirige el país con mano de hierro desde su lujoso palacio. Y todo eso se refleja de forma cruda y descarnada en la película.
LA TRAMA Y LOS PROTAGONISTAS
         Mel Gibson es Guy Hamilton, un joven periodista de la agencia oficial de noticias australiana, al que le han dado su primera oportunidad de cubrir una gran historia como corresponsal en Yakarta. Al principio está perdido, y tiene que apoyarse en colaboradores locales.
         Entonces, de forma casual, en una manifestación del partido comunista indonesio contra la embajada americana, conoce a Billy Kwan, un pequeño pero sagaz reportero gráfico de origen chino, papel que recayó en una espléndida Linda Hunt (que se cortó y tiñó el pelo para el papel). Billy es un personaje peculiar, que se las sabe todas, conoce Yakarta como la palma de su mano, y decide ayudar a Hamilton porque, desde el principio, le idealiza como el periodista honesto e íntegro que por fin va a contar al mundo la verdad sobre lo que sucede en el país. Gracias a Billy, Guy consigue entrevistar a los líderes del país, y enviar a Sidney excelentes artículos y crónicas radiofónicas.


         A través de Kwan, Hamilton conoce también a Jill Bryant (Sigourney Weaver), una bella y sofisticada funcionaria de la embajada británica en Yakarta. Entre ellos surge el flechazo de inmediato, y comienzan un tórrido romance tras quedar atrapados en el coche por una tormenta del monzón.

         Todo parece ir bien para los tres, pero la situación política se complica en el país, y en cualquier momento puede haber un golpe de estado auspiciado por distintas facciones. Guy va detrás de la noticia, y Jill, en un descuido y confiada en su discreción, es la que le pone sobre la pista, mientras le confiesa que, en realidad, pertenece al servicio secreto británico. Él da la noticia sin nombrarla, pero ella queda comprometida como posible fuente. Esto hace que ambos se distancien, y que Billy pierda la confianza en él. Así, en medio del caos que vive el país, y el calor bochornoso del trópico, los tres van a sufrir su particular bajada a los infiernos. 
UN RODAJE ACCIDENTADO
La película es la adaptación de la novela del mismo título de 1978 de Christopher Koch, al que se le encargó inicialmente el guión, pero Peter Weir no estaba satisfecho con lo que el escritor le enviaba, y decidió reeescribirlo él junto con David Williamson. En palabras de Koch, el resultado fue al cincuenta por ciento de ambos guiones.
         Para el rodaje se solicitaron los escenarios originales en Yakarta, pero cuando todo parecía hecho, las autoridades indonesias no concedieron el permiso, y el equipo se tuvo que trasladar a Filipinas. Una vez allí surgió otro contratiempo, ya que la producción, y el propio Mel Gibson, sufrieron amenazas de los grupos terroristas locales, por lo que, finalmente, se filmó en Australia.
Sin embargo, la ambientación es uno de los puntos fuertes de la película. En ella se refleja tanto la situación sociopolítica del país, como el trabajo periodístico de los corresponsales en conflictos internacionales, tipos que están “de vuelta de todo”, un punto cínicos, descreídos, y aficionados a la bebida.
Otro de los puntos fuertes del film es la excelente banda sonora, del especialista Maurice Jarre, y que incluye el emblemático tema "L'Enfant", de Vangelis, con el que todos la asociamos.



CONCLUSIÓN
         El año que vivimos peligrosamente es toda una joya del cine ochenter, una intriga periodística con toque romántico y una espléndida ambientación histórica. Desde @CineDeLos80 os animamos a revisionarla. Como anécdota, os diremos que, en su estreno, nadie nos percatamos de que Billy Kwan era Linda Hunt. Lo supimos después, y a los que todavía no la asociéis, recordad a la deliciosa y enérgica directora del colegio de Astoria donde dio clase nuestro poli de guardería Arnold Schwarzenegger. 

Por VICTOR SANCHEZ GONZALEZ